6.28.2011
Horacio
Las gotas despiertan las plazuelas, las banquetas se quedan estáticas de frío: soportan lo que nadie quiere. Antes, por ahí pasaban tus pasos rápidos. Ahora no pasan. Muchos pasos, sin sentido, en todas direcciones y en ninguna. La lluvia cae apresurada como los pasos. Imitan los pasos que se apresuran, las zapatillas altas que quieren llegar a la otra orilla, el charco que crece gordo, los neumáticos se engolan partiéndolos. No sigo tus pasos porque ya no están. Se fueron hace mucho tiempo. La calle no guarda recuerdos de ellos. Ni uno. Todo existe porque lo superpongo, porque me acuerdo. Porque al mirar, mis ojos no se estiran, se hunden. La calle es una muralla que no deja ver más allá, son un tope que regresa la vista y la impulsa dentro de mi retina y me acuerdo. Aquí ibas, íbamos, los dos como dos niños, riendo. Breves momentos en los que se asomaban las risas, breves contratiempos que no debieron existir. Después las discusiones interminables, enormes y largas como las tiras de las cajas contadoras en los bancos antiguos. Interminables tiras de papel, en rollo: para regalar. Yo sólo escuchaba, tú hacías todo el talking y las palomas seguían pasando, volaban lejos y lejos se iban. Se iba la lluvia y las palabras, la ciudad se despertaba perezosa con una cara limpia y fresca. Las calles, eternas calles sucias y violadas se despertaban diáfanas, hasta felices. Todo lo espiaba desde mi ventana, de lo alto. Si la vida pudiera resumirse en un mismo tiempo, estuvieran nuestras manchas grabadas en esa pintura que colgaría en la sala. Colores borroneados en un enorme cuadro sobre una pared blanca. Nuestras manos cerca, tu respiración palpitante de súplica y protesta. Siempre suplicantes y protestantes. No hay resurrección para los amores ciegos y apaleados.
Tus zapatillas se fueron por la misma calle por la que venías o me fui yo. Al final, casi siempre, no era bienvenido. Nunca lo fui, pero yo miraba tras la ventana, como si nada pasara. El corazón de melón que guardaba un rincón para mí, dentro de todas sus cosas había un rincón para mí, como en el rincón secreto de una niña traviesa. Así, era envuelto como el regalo pasajero en el que hacías realidad una epifanía falsa. Un día cerraste la caja y me quedé en este balcón, mirando. Como si nunca hubieras existido. Tú también, pero el arte con que se desarrolla la vida está descompuesto, la vida y la calle están cuesta arriba o cuesta abajo dependiendo de la dirección que lleve uno. Ya no nos vinos. Ya no nos vemos. En la calle sigue lloviendo y secándose con el sol bonachón bajo mi balcón. Abajo quedan, incluso, los eucaliptos limpios limpios y frescos. Las palomas se refugian en los alerones de la iglesia. Los judíos pasan en grupos riendo. Las mujeres llevan sus carriolas felices. Los niños gritan o eso pienso. Desde arriba sólo se ven los movimientos de las manos agitándose. La lluvia limpió las calles y los árboles.
Zihuatanejo. Mayo 18, 2011.
3.27.2011
X24

En 1998 estaba iniciando la universidad y en clases con mi profesor de redacción, Dr. Oscar Mata, trabajábamos algunos mini cuentos. Recordaba uno en particular y me propuse encontrarlo entre libros, archivos electrónicos y notas de clase. Lo encontré, cambié algunos detalles y está aquí.
X24, ya estoy acostumbrado, siempre muy radical. Para él, el verdadero amor es el de las siluetas sinuosas y apretadas; para mí, no hay quien iguale a aquellas que dan mate en cinco jugadas sin haber siquiera enrocado.
9.30.2009
Carcajadas

> Subject: háganlo circular!
> From: drpand@fastmail.com
> Date: Martes 7 Abril 2009 10:25:45 -0500
Linda:
A mí me gustó aquel lugar, a lo mejor te acuerdas. El jazz fue bueno, una mezcla latina y árabe. Te acordarás que nos regalaron unos cocteles exóticos preparados con frutas secas picosas. Sucedió después que salimos del antro.
Caminamos. Los faros luminosos, la falta de ruidos, los edificios sonámbulos. Anduviste sin decir palabra. Salimos de Motolinía y doblamos por Madero. El viento venía fresco y se perdía rápido en la oscuridad de la calle. Tus cabellos parecían flotar, me acuerdo. Yo te espiaba, tus ojos, tus labios. Tú siempre me estabas metiendo en tu vida, inesperada, divertida. Se te ocurrió otra idea: ibas a leer a la distancia. Me estoy acordando ahora como si hubiera sido ayer. Ibas a demostrar que tú los tequilas los dominabas tanto como la lectura.
¿Será que te acuerdas? A media cuadra frente al Tempo de la Profesa, te señalé la espalda de dos policías. Intentaste, pero los tequilas siempre sí te habían empañado la lectura.
-Policía, dice policía, Linda –yo te aclaré la palabra y tú los ojos.
-¡Sí, policía! ¡Allá dice policía! –repetiste. Lo dijiste tan fuerte que hasta uno de ellos volteó.
-Despacio Linda.
-¡Sí, dice policía y aquel es un policía gordo! –gritabas, señalabas.
Antes de cualquier cosa, te tomé de la manó y andamos por Isabel La Católica. A lo lejos brillaban lucecitas del Palacio Nacional.
¡Ah, cómo nos reímos! Me dolía el estómago. Como locos riendo a carcajadas en la oscuridad del Centro Histórico. Nos fuimos riendo hasta llegar al estacionamiento. Nos reímos todo el camino. Nos seguimos riendo en la oscuridad de tu cuarto. La risa me duró el fin de semana entero.
Sólo hasta ahí, después todo fue lento.
No te encontré el lunes. Nadie te había visto. El teléfono y la puerta de tu casa, bloqueados. Al fin, el miércoles encontré a Natalia en la biblioteca. Sin empujes me dijo que te habían llevado a Europa, de emergencia, que no regresarías y que no te buscara.
Sabes que no sé de ti desde entonces. Sabes que te extraño. Sé que lo sabes. Sé que tus sonrisas están allá, en otra parte. Por eso escribo otro mensaje, buscándote. Yo creo que si lo llegas a leer, te vas a acordar y te vas a reír tanto como me estoy riendo ahora.
Risas. Muchas, bastantes. Carcajadas.
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