Le dolía el beso.
La tarde se iba lejos. Pocas olas reventaban en ese mar cansado. Sentado en la arena, fumando la pipa, esperando el fin. También le dolía la espalda. Allá, las primeras luces del pueblo, los primeros reflejos en el espejo de mar. El humo revoloteaba un poco y se perdía. En realidad le estaba doliendo la vida, pensaba. Viejo y cansado. Solo.
El tabaco lo saboreaba en la lengua, lo metía en sus recuerdos, se lo llevaba lejos, lo perdía en los tantos años de su vida. Cansado. Cuando uno se mete a la vida, como un buzo al mar, esta pasa eufórica: pensaba. El había estado dentro de la vida siempre. Siempre. Apenas, ya viejo, la vida lo había bajado del viaje. ¿Qué le quedaba? No hay salsa para los viejos. Dejaba las redes, salía a los atardeceres. Ahora desde afuera, viendo de lejos el torbellino de la vida, le pasaban burlonas sus decisiones, como bifurcaciones de caminos rotos. Siempre quedaba ese camino oscuro que había despreciado, aquellas alternativas que no había elegido. Por eso le dolía tanto aquel beso maldito. Las de aquel día, como las de entonces, eran unas olas altas. “No te vayas, Marcos”, le dijo por última vez. Un susurro lento: “No me dejes”. Se le prendió al pecho con brazos y almas. Lo besó. Lo envolvió en ese aroma de arena, de amor, que ella traía siempre.
La dejó.
Mucho después, mucho, por mucho tiempo y cobardemente, se arrepintió. Cuando regresó buscándola, suplicante, viejo, ya no estaba. En aquel muelle se había embarcado, le dijeron. Sin rumbo. Sin norte. Sin pistas. Nada.
Venía la brisa y se llevaba el humo. Sus ojos cansados, pegados al horizonte. El dolor en la espalda, las olas altas, su aroma de amor.
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3.11.2009
Aroma de amor
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