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7.24.2011

Lustre

Y no quedaban brillosos, como que los opacaba el frío encuartelado de la recámara. Y unto nuevamente, ahora con mayor cuidado. Los acerco finalmente, uno a la vez, a la lámpara del estudio para que el calor se adueñe del cuero y fije el color con mayor nitidez. Esa es la última actividad del día y los zapatos quedan listos para mañana. Concilio el sueño con dificultad. La falta total de ruidos me pone inquieto: en este edificio no hay fiestas, jóvenes amorosos, vamos ni grillos. En este departamento, ni siquiera a lo lejos, se escucha un motor, es más, ni una sirena. Y vaya si Revolución es ruidosa.

De súbito siento un potente bombeo de sangre, me palpita el cerebro. A los ojos, totalmente abiertos, por algunos segundos los invade una parálisis de terror, turbiamente pueden, a través de la oscuridad, vislumbrar una brillantes omnipotente que lentamente se acaba: ¿qué es esto?, ¿dónde estoy? Es la blancura del techo que a primera vista impresiona hasta que los ojos se ajustan. Después de un reconocimiento preliminar, la razón entra en onda, pero no así mis oídos, que todavía sufren. ¡Exigen! Es ahí cuando retomo el mando y salto de la cama, titubeante, para apagar el despertador.
Con la esperanza que la razón se atonte, transcurren los cinco minutos más inútiles del día, después recobro asustadizamente la conciencia y tomo la toalla y un baño.

Faltando cinco minutos para las siete de la mañana, estoy sentado en mi lugar preferido del F-207. Simulo que leo mientras veo los detalles insulsos de una foto de Pancho Villa y Emiliano Zapata: atrás de las botas de Villa, un huarache de indio; a la derecha de ambos, dos caras de niños, como si fueran ángeles puestos ahí por diseñador de fotos; ¿una mujer enlutada?; diez sombreros; un moño de charro y una pañoleta; y una mujer, la enlutada, peor tal vez sea hombre. Sin darme cuenta, los fantasmas de la noche huyen de la universidad asustados por la llegada de los alumnos. Se va formando el rompecabezas de lo que será el día.

Dejo la foto al saludo de ella que llega al salón. El sueño se va, el rompecabezas, armando, sube un poco y se desploma en un sin fin de fichas, como un mar de marejadas altas.





Ciudad de México. Martes 24 de noviembre de 1998.

7.23.2011

Hasta las tres


Y ahí estaba aquel signo de admiración que cerraba la línea que no alcanzaba las diez palabras.
“¿Cómo me olvidé de algo tan importante? Siempre, el peor enemigo he sido yo mismo”. Lo miraba una y otra vez. Cerraba los ojos, se pasaba las manos por los cabellos. ¿?, ¿?, ¿? En cualquier otro lugar no tendría importancia. Pero no en ese. Parecía que escuchaba las palabras rancias y altisonantes de Jerónimo: “¡Lo trascedente es que ella trabaja hasta las tres!” Él odiaba la mala ortografía y aquello había sido un descuido. Lo que más lo reventaba era que a aquel jefe suyo la ortografía le importaba lo que a un perro le interesa una mosca. Sólo la usaba, si eso se puede decir, era porque existía. Pero no iba a desperdiciar la ocasión para joderlo la semana entera.

5.09.2010

Preámbulo al saludo

The vices of mankind (…) should they fail in this war of extermination, sickly seasons, epidemics, pestilence, and plague advance in terrific array, and sweep off their thousands....

Thomas Malthus

Apretar fuerte, imprimir energía en el saludo: se acordaba de las recomendaciones del último taller que había escuchado en el hotel sobre entrevistas de trabajo. Siempre estaba tras el gerente para que lo pusiera como responsable del sonido de los eventos; como nadie quería aburrirse en esas reuniones, salvo él, casi siempre lo dejaban. A los otros no les importaba aprender, pero a él sí, por eso le gustaba el trabajo en el hotel. Se metía a todo seminario que podía. A lo lejos miró al gordo. Siempre había tenido aquellas manazas gruesas y esos dedos gordos, como si estuvieran cosidos a esa mano fofa. Miró sus propias manos lisas, morenas. No entendía cómo alguien con aquel volumen podía controlar el negocio en la favela. Ya estaban cerca, pero aún tenían que subir la última cuesta. Iban rodeados de los mismos niños, porque eso eran, niños. Él había leído a Freud a Foucault, pero aunque no lo hubiera hecho, todos lo sabían, en esa patología social que sufrían, la policía atacaba las consecuencias y no las causas. Consecuencias, los niños muertos. Causas, las clases medias consumidoras de maconha. Estuvo viendo al gordo, se alisaba el bigote, se pasaba los dedos por la boca. Le dio asco, quiso regresarse, decirles que se había arrepentido, que su mamá se había puesto mala de nuevo, cualquier cosa.

Um tiro nas costas o derrubou. Acho que murreu cedo. Gritos, barulho, rajada de metralhadora longe, perto. Aconteseo diante meus próprios olhos. Não fiz nada. Não pude.

No quería enfermarse. Afortunadamente ya había pagado la última letra de la deuda de la frigorífica, pero se habían quedado sólo con un kilo de frijoles y el trozo de carne seca que les había llevado Carmen la curandera. Seguramente no comerían más que feijoada rala el resto de la semana. No lo habían llamado del hotel. Le dijeron que lo llamarían cuando la situación se estabilizara. No se había estabilizado y no lo habían llamado. Él había ido ya dos veces pero le habían dicho que no había clientes, que con la epidemia la gente estaba asustada y que los europeos no habían llegado. Que si lo necesitaban lo iban a llamar, que ya sabía. De eso ya hacía dos meses. Intentó y al principio no le dio importancia, pero cuando su madre le dijo que ya se había gastado lo último del guardado tuvo que salir a buscar jale donde encontrara. El hotel no lo iba a llamar, estaba seguro.

El cara Flávio siempre le estaba diciendo que le ayudara con el trabajo. Que no se iba a arrepentir, que con lo que sacara hasta podría terminarle el barraco a su mama o hasta hacerle una casa en una colonia decente, que él tenía talento para eso, que les caía bien a los jóvenes. Él nunca lo había considerado. Ese trabajo nunca lo volvería a hacer. Una vez, solamente una, se había metido en esos enredos y le había costado tres años en el bote y el recuerdo de ese niño muerto, por no contar las enfermedades de su madre por la preocupación. Pero ahora con aquella necesidad, él era capaz de volver a aquello. Se acordaba de todos los detalles como si hubiera sucedido ayer, como si fuera el mismo Funes de Borges, encarnado. Todo había comenzado por las incursiones sorpresivas del Comando dos Amigos por la parte norte. Ya hacía un año que los mandos altos del Comando dos Amigos se habían propuesto tomar el morro a bala y sangre, y eso no lo iban a permitir. Todos estaban metidos en los preparativos para frenar los asaltos. Al menor tiroteo, la barriada se volcaba agresiva contra el enemigo. No se habían hecho el morro y no lo hubieran hecho de no haber errado ese día la táctica. Todos andaban nerviosos, hasta él que solo eran un vendedor en la boca de la favela. Todo inició en una aparente calma. Esa tarde no había vendido mucho y estaba enamorando a la flaquita Juliana Farías, la más linda de las hijas de la dueña la lonja de la esquina, doña Vera, cuando pasó corriendo el avión: “La policía Marcinho, la policía, vuélale”. Luego luego se escucharon las ráfagas de AK-47. Ellos sabían que por regla estaba prohibido meterse con el gobierno porque las repercusiones se ponían difíciles para toda la barriada y tardaban meses en dejarlos en paz pero, después se enteró, hubo una mala comunicación. Los aviones fallaron y se corrió la voz que el Comando dos Amigos entraba por la misma boca del morro. Por eso abrieron fuego de inmediato y de inmediato se alebrestó el enjambre de policías. Lo que era un operativo de rutina, se convirtió en la mayor balacera de los últimos años. Y para ellos, para él, la mayor desgracia. Los diarios del día siguiente dijeron que los proyectiles llegaron hasta el periférico por la parte del cementerio y que hasta lo tuvieron cerrado un rato para proteger a los civiles.

El avión se llamaba Marcos de Souza, era el mismo que lo había alertado, el mismo que lo había seguido en las vicisitudes de la venta desde el inicio como si se lo hubieran asignado. Y es que cuando se sintió atrapado en el fuego cruzado se quedo paralizado, sólo se agazapó tras un poste a merced de la desgracia. Y no es que aquello le fuera desconocido. Como habitante del morro estaba tan acostumbrado a los tiroteos como al feijão trompero, pero una cosa era escuchar las ráfagas debajo de la cama y otra muy distinta sentirlas detrás de los oídos. Nunca iba a saber qué hubiera pasado si Marcos no se hubiera regresado a socorrerlo. De pronto vio a los policías tomando la esquina de la calle donde él estaba atrapado. Los pocos de ellos que estaban haciendo frente al gobierno en ese lado, se estaban alejando. No era costumbre en la barriada, pero lo estaban dejando solo. Cuando le restaron cinco tiros dejó de disparar. Iba a intentar salir de ahí. Era muy arriesgado, no quería. Pensó que si no se movía, si se rendía, no lo lastimarían, que con suerte se encontraría con policías honestos y sólo lo encarcelarían, cosa que de todas formas había sucedió. Ya estaba decidido a jugarse su última carta cuando salió Marcos en la contra esquina quemando bala. No lo dudó y salió despavorido. En la huida, vio caer cuando menos a dos policías. Había corrido como loco, como nunca lo había hecho. Vio las ráfagas incrustarse en el asfalto delante de él, a un lado, pero bendita la señora Aparecida, no le pasó nada. Marcos lo aguantó todo el tiempo hasta que él se barrió detrás del muro. No se había dando cuenta, el chico ya estaba herido. “Vuélale Marcinho”, le volvió a decir cuando caía de bruces. No supo qué hacer, arrojó el arma, a quemarropa se arrojó por el cuerpo.

De eso ya habían pasado quince años, él prefería no acordarse. Por eso no quería volver a aquello. Ya otras veces se había hallado en apuros de dinero y más tarde que temprano y mal que bien se habían arreglado sus asuntos, pero esta vez ya estaba desesperado, no encontraba el camino. Ya Flávio le había arreglado una cita con el gordo Gonçalo. Sólo de verlo a lejos con su gordura enfermosa y sus maneras desfachatadas, quería regresarse.

Gritei, pedi socorro: ninguém. Olhe a ladeira interminable. Todos salvando suas vidas, fugindo. Arrojei a arma, aventei-me ao tiroteio, o tomei em minhas mãos. Era só um minino, caralho! Quinze anos, no mais. Uma criança.

Las manos del gordo manoseaban su mismo cuerpo como ultrajándolo. Pensó en todos los rincones del cuerpo que esas manos habían tocado. Ahora los dedos gordos estaban dentro de las fosas nasales. Empezaron a subir la ladera. Quiso pensar en otra cosa, como las cosas que haría con el dinero que ganaría. Pero sus ojos regresaban a las manos del gordo, las mismas que dentro de un momento entrarían en contacto con las suyas. Sólo faltaba que se enfermara. Nunca se enfermaba. Cada año se vacunaba contra la influenza. Su amigo, el doctor Almeida, le decía “Marcinho ya tráete a doña Concepción para la vacuna”, y él la llevaba, y los vacunaba a los dos. No salían de la cama por un día: sentían el cuerpo molido y los malestares del resfrío, pero eso era todo. Al segundo día como si nada y de ahí en adelante. No quería enfermarse. El gobierno ya había vuelto a cerrar las escuelas, los restaurantes y prohibido las reuniones públicas. La epidemia había regresado más mortífera, no los había agarrado desprevenidos como las primeras veces pero la gente ya estaba cansada de todo eso. Aunque hasta a las enfermedades masivas se acostumbra uno, pensaba. Mientras quede un hilo de vida, uno se va a acostumbrar a todo lo que sea necesario. Desde antes del invierno, la gente se armaba con cubrebocas, antibacteriales y la mezquindad obligatoria de acortar las conversaciones en aras de la prevención. Sin embargo, él no se acostumbraba a platicar con aquellos miramientos, como si se estuviera platicando con un enemigo. Se ponía a pensar y llegaba a la conclusión que no había discordia más eficaz que una pandemia. De poder estrecharía a todos de mano y les daría un abrazo. Era capaz, y si se detenía no era por él, sino por la gente que ya no lo iba a volver a saludar, lo tildarían de loco. Porque habría que estar loco para hacer eso estando las cosas del tamaño que estaban. Le habría gustado anteponer esa amistad primigenia a cualquier virus mortífero. Ante todos, menos ante el gordo fofo. Alzaba los ojos y lo veía. Le repugnaba más su falta de higiene que su falta de escrúpulos. Sus actividades criminales cumplían una función. Hasta cierto punto era un engrane necesario en el motor económico y social, pero su falta de higiene era una falta de hábitos y eso no se le iba a quitar ni reformándose de sus ilícitos. No lo iba a saludar, le diría que la epidemia había llegado severa, que pensaba que estaba contagiado, hasta fingiría una tos. El gordo se asustaría. No lo saludaría. Ya estaban llegando, ya se oía lo que el gordo le decía a la mujer con la que platicaba. Se sobaba la nuca, se fregaba un ojo, se ajustaba la entrepierna del pantalón. Él siempre había sido un hombre fuerte pero iba a vomitar, tenia repugnancia. Se paraba abriendo las piernas para darse elegancia, él sabía que lo hacía para conservar el equilibrio. Quienes terminarían de echar el país por la borda no serían los políticos ni el narcotráfico, sino el sobrepeso y la influenza, no tenía dudas.

¡Márcio! —le gritó el gordo Gonçalo sonriendo.

Ya casi llegaban al barraco donde estaba. Disminuyó el paso.

—Déjame tomar aire, cara —hizo una pausa—. Parece que con los años los pulmones se me están encogiendo Flávio. Tú que estas joven fuma todo los que puedas ahora. Todo lo que puedas Flávio.

Ninguém assistiu ao velório. O cemitério São João Batista esteve vazio. Salvo a mãe e as namoradas, duas delas grávidas, ninguém. Chorei como se fora meu filho. Prometi nunca voltar a isso. Jamais.

El gordo si reía de ellos. Su mano ahora estaba en el trasero, ahora la movía en el aire, le platicaba a la loira. Si el gordo trataba sus manos así, así también trataba sus pensamientos, sus creencias y su vida. Las manos como reflejo de la vida. El creía en eso, en la lectura de las manos en movimiento: en una conversación, en las mímicas diarias, en las maneras: ademanes elegantes, firmes, finos, enérgicos. Las manos como cartas de presentación del cuerpo. El gordo se rascaba el cuello, se mordía las uñas. Finalmente habían llegado. Fue un momento breve, miró sus manos firmes. No estaba sorprendido, el día en que la gente no podría ni saludar al prójimo por una enfermedad iba a llegar más tarde que temprano, ya había llegado a su barriada. Había pueblos como el suyo que vivían en un círculo vicioso-social con el efecto de la bola de nieve. Tampoco le asombraban las mutaciones genéticas del virus, las maromas que había hecho entre especies hasta llegar al humano. Todo era posible y ellos estaban ahí en la primera fila.

—Marcinho —el gordo lo abrazó, le tendió la mano.

No reaccionó. Ya estaba ahí, a eso había ido. No quería, pero, cuántas cosas no había hecho en su vida que no le habían gustado y sin embargo las había realizado. La vida era un balance situacional entre la satisfacción pretendida y el costo para alcanzarla, cada quien pagaba un costo diferente, unos más otros menos, pero todos pagaban o casi todos. Pensó en su mamá, en el dinero y apretó la mano fláccida y la agitó en un saludo prolongado. Después, dejó de reflexionar, sentía que le encarcelaban el albedrío.

Para su fortuna el encuentro había terminado pronto. Después del saludo, en la misma mano le pusieron una pistola beretta y un puñado de billetes. “Bienvenido”, le gritaron ya cuando iba lejos.

3.11.2009

Aroma de amor

Le dolía el beso.

La tarde se iba lejos. Pocas olas reventaban en ese mar cansado. Sentado en la arena, fumando la pipa, esperando el fin. También le dolía la espalda. Allá, las primeras luces del pueblo, los primeros reflejos en el espejo de mar. El humo revoloteaba un poco y se perdía. En realidad le estaba doliendo la vida, pensaba. Viejo y cansado. Solo.

El tabaco lo saboreaba en la lengua, lo metía en sus recuerdos, se lo llevaba lejos, lo perdía en los tantos años de su vida. Cansado. Cuando uno se mete a la vida, como un buzo al mar, esta pasa eufórica: pensaba. El había estado dentro de la vida siempre. Siempre. Apenas, ya viejo, la vida lo había bajado del viaje. ¿Qué le quedaba? No hay salsa para los viejos. Dejaba las redes, salía a los atardeceres. Ahora desde afuera, viendo de lejos el torbellino de la vida, le pasaban burlonas sus decisiones, como bifurcaciones de caminos rotos. Siempre quedaba ese camino oscuro que había despreciado, aquellas alternativas que no había elegido. Por eso le dolía tanto aquel beso maldito. Las de aquel día, como las de entonces, eran unas olas altas. “No te vayas, Marcos”, le dijo por última vez. Un susurro lento: “No me dejes”. Se le prendió al pecho con brazos y almas. Lo besó. Lo envolvió en ese aroma de arena, de amor, que ella traía siempre.

La dejó.

Mucho después, mucho, por mucho tiempo y cobardemente, se arrepintió. Cuando regresó buscándola, suplicante, viejo, ya no estaba. En aquel muelle se había embarcado, le dijeron. Sin rumbo. Sin norte. Sin pistas. Nada.

Venía la brisa y se llevaba el humo. Sus ojos cansados, pegados al horizonte. El dolor en la espalda, las olas altas, su aroma de amor.

9.30.2008

La rana vieja

Esta era una vez una rana. Era brincadora, le gustaba brincar. La rana un día se enfermó y ya no pudo saltar. Nunca. Pasó el tiempo. Cuando moría en su cama, cerca del estanque ya vieja, se arrepintió de haber brincado tanto y de su gusto desenfrenado por aquella manía. Comenzó a gustarle estar lisiada, enferma y vieja. Murio feliz.

7.04.2008

Terra Maldita

Com a minha professora Roberta Testa e meus amigos do quarto nível no CEB fizemos algumas narrações. Esta é uma:


Tinha feito sol no dia anterior, mas agora estava fazendo o frio mais horrível da minha vida toda! Eu não acreditava nesse frio de morte. Não esqueci e fiz as últimas compras no aeroporto: o livro de molhos e milho que eu estava procurando desde dezembro, e duas garrafas de tequila. Fiz o cheque e a menina perguntou se não tinha cartão de crédito. "Não!", respondi. Neste país ninguém usa cheques. Na semana anterior havia feito as malas e não foi fácil achar um lugar para as garrafas. "Pode me fazer um favor", eu disse á menina. "Ponha também 20% de gorjeta". Queria fazer todos os pagamentos a essa gente esquisita e malvada desse país com o tempo mais escuro que eu conhecia. Ía fazer frio todo o vôo. Não importava mais. Eu estava fazendo a viagem para nunca mais voltar a essa terra maldita.

Emailing patterns


I have a good buddy from Japan. Her name is Miyako Hanai.
I have to admit, I am not good at responding emails from my friends soon enough. Sorry about that. Everyone has a different pattern when it comes to responding emails. There are those that respond five seconds after sending the message, those who never replay, and the people in between. In this matter Miyako is particular. She only emails when she is drunk.
Here and excerpt:

From: hanai miyako
Subject: RE: It's Yuju.

Heeeey!!!
I'm fuckin goooood!!
Sorry. Kinda exciting.

Then, Yuju is in Austrailia. Sounds nice.
Lalo might go to the U.S. Coool.
Where shoud I go???
My destination is.... my boyfriend?
I don't get marry yet. Sorry about it.
He is still nice to me and sometime annoying.
I still look for my nice guy, maybe forever and ever...

How about yoon?
Are you fine?

So, let's talk about our next meeting!!!
In the US or Australia or Europe?????
I miss you guys very much.

Have a nice dream.

Miyako

6.25.2008

Los hermanitos de la caridad

Nuestro departamento es un modelo en pequeño de lo que está sucediendo entre Colombia y Ecuador por causa de las FARC, pero al revés. Ayer escuché que las relaciones, débiles, entre los dos países se rompían. Y aunque nunca hablamos de política internacional, mucho menos de las FARC, las nuestras son relaciones felices (con pimienta y sal). Ayer me dijo Ros, la ecuatoriana, que el martes ya llega Dilma, la colombiana. Andaba en las europas de… vacaciones. La verdad es que vamos a ponernos las pilas con el aseo porque esta mujer nos va a declara la guerrilla con todo y las FARC si encuentra el depa como lo tenemos.

En fin, juntos otra vez los hermanitos de la caridad.

Niños de ahora

Ayer me habló Chavita muy temprano.
-Felicítame.
Me acordé que era su cumpleaños y que se me había olvidado.
Lo felicité.
Esperó con ansias mis palabras. Después de la breve perorata que le aventé y que distrajo al taxista que me llevó a dar vuelta innecesaria a la Glorieta de Insurgentes, siguió.
-Quiero muchos juegos para mi playstation.
-Oyes, pero el regalo no es obligatorio.
-Ahora es diferente –dijo sin incomodos-. Ahora se dice que quieres que te regalen. Quiero mucho juegos.

11.25.2007

Evangelio de TUX


Buscando información acerca del matemático von Neumann hace unos días me encontré el "Evangelio de TUX" del blog Mandriva. Es una descripción elaborada e ingeniosa de la historia de la computación hasta nuestros días. Estos son los dos primeros párrafos:


El Evangelio según TUX (Versión 1.0.1)
En el principio Turing creó la Máquina...
Y la Máquina era enrevesada y artificiosa, existiendo solamente en teoría. Y von Neumann miró hacia la Máquina, y vió que era enrevesada. Él dividió la máquina en dos Abstracciones, el Dato y el Código, y los dos eran una misma Arquitectura. Este es un gran Misterio, y el principio de la sabiduría. Y von Neumann habló a la Arquitectura, y la bendijo diciendo: "Sal y reprodúcete, intercambiando libremente datos y código, y puebla la tierra con todo tipo de dispositivos". Y así fue hecho, y era bueno. La Arquitectura prosperó y fue realizada en hardware y software. Y pobló la tierra con muchos Sistemas.
Los primeros sistemas fueron poderosos gigantes; Muchos y grandes trabajos de renombre lograron. Entre ellos estaba Colossus, el rompeclaves, ENIAC, el artillero; EDSAC y MULTIVAC y todo tipo de criaturas alucinantes cuyo nombre terminaba en AC, los experimentadores; y SAGE, el defensor del cielo y padre de todas las redes. Esos eran poderosos gigantes de la antigüedad, las primeras criaturas de Turing, y sus trabajos han sido escritos en los Libros de los Ancianos. Esta fue la primera Era, la era de la Sabiduría.

Entonces los hijos de Mercadotecnia se fijaron en los hijos de Turing y vieron que eran ágiles de mente y limpios de nombre y tenían muchos atributos grandes y perniciosos. Y se dijeron a sí mismos, "vayamos y hagamos Corporaciones, y unamos los Sistemas a nuestro propio uso, de modo que nos traigan gran fortuna". Con dulces palabras sedujeron a sus clientes, y con muchas cadenas ataron a los Sistemas, para amoldarlos a su propia imagen. Y los hijos de Mercadotecnia se vistieron con Conjuntos, los mejores para atraer a sus clientes, y escribieron Licencias graves y peligrosas, las mejores para atar a los Sistemas. Y los hijos de Mercadotecnia fueron entonces conocidos como Conjuntos, despreciando y siendo despreciados por los verdaderos Ingenieros, los hijos de von Neumann. Y los Sistemas y sus Corporaciones se replicaron y crecieron numerosos en la tierra. En aquellos días estaban IBM y Digital, Burroughs y Honeywell, Unisys y Rand, y muchos otros. Y cada uno de ellos se mantuvo con su propio Sistema, hardware y software, y no se mezclaron, pues lo prohibían sus Licencias. Esta fue la segunda era, la era de los Mainframes.

8.30.2007

Don Adrián Terrazas

Tres balazos le anunciaron que los novios estaban llegando. Gilberto volteó como saeta. En la puerta había aparecido una algarabía y en medio su tío Norberto ataviado hasta el cuello. Llevaba de la mano un vestido largo y blanco, adentro una señorita despedía sonrisas. La gente aplaudía: parecía que el pueblo entero se había dado cita para aquel acontecimiento. Escuchó entonces que de las gigantes bocinas brotaban chorros de palabras. Y desde entonces aquella música no paró nunca hasta que pasó la desgracia.
Todo el tiempo personas iban a su mesa.
—Don Adrián, que bueno tenerlo con nosotros. Pensábamos que usted no andaba por acá. Doña Conchita, qué joven. Y este niño cómo ha crecido —todo mundo saludaba a su papá. Iban especialmente hasta donde ellos estaban. A un lado, el pastel que ellos habían regalado se elevaba; Gilberto lo veía emo-cionado.
—Gilberto, ve saluda a tu tío. Dile que venga —se notaba que su mamá quería ver a su hermano.
Y el niño fue y tironeó del saco a su tío.
-Hasta que se te hizo, Norberto —dijo don Adrián dándole un abrazo.
—Pues todavía no quería la ingrata, pero me la tuve que convencer, tío —dijo el joven, y las risas fueron generales.
—No dejes que se te ponga pesado, hija. Y si un día se te sale del guacal, nada más dime: yo sé como encarrilarlo de nuevo, ja ja ja —su mamá abrazó a la novia y mirando a Norberto le dijo—: Tú siempre saliéndote con la tuya, Norberto. Pero ya las pagarás todas, condenadote. Dios quiera y no —y doña Concha también abrazó al novio.
Gilberto no tardó mucho en ver parejitas que se formaban y algunas, prontas, desinhibidas, con gracia, se adelantaban a la pista. Poco a poco el centro de tierra suelta que servía de pista se llenó de gente. Hubo un rato en que sus papás también se habían parado. "Báilela, don Adrián", le gritaba la gente a su papá. Y doña Conchita: “ve siéntate, Gilberto. Ahorita regresamos. Siéntate.” Pero Gilberto ahí seguía colgado de la falda de su madre, de esa falda larga en la que se podía arropar sin ningún problema: nadie lo veía dentro de tanta flor estampada.
Su papá había ido a bailar la calabaza. Llegó un momento en que el baile se detuvo y primero una gran fila de mujeres apareció y asustaron por un rato a la novia, pero después vinieron los hombres y a las mujeres se le escapaban Avemarías por lo toscos que eran. Cuando la fila de hombres tumbó al novio en sus arremetidas, primero lo medio desnudaron y después entre varias manos lo aventaron repetidas veces para arriba. Gilberto se moría de la risa al ver aquello. Después, una vez magullados, pasaron los novios por cada mesa con billetitos de todos los colores prendidos en sus ropas. Su papá le puso uno en la solapa, era el más azul de todos. Gilberto veía con preocupación al novio, preguntándose si no se había hecho daño. Al poquito rato, Gilberto vio a un hombre vestido de negro parado en la puerta. Camisa, pantalón, botas, sombrero: todo era negro salvo el paliacate rojo al cuello. A su lado y con tacones muy elevados un vestido rojo lo acompañaba.
—Adrián —exigió su mamá— mira quién llegó —señaló la puerta con los ojos.
—Ya lo había visto, mujer —su papá le dio un trago a la cerveza fría y la dejó a la mitad—. Pero quita esa cara: parece que hubieras visto al diablo. Y de eso ese no tiene nada, ja ja ja.
—¿Cómo lo invitaron, Adrián? O es que vino así porque sí. Es un cínico.
—Eso no importa, Concha. Mira a tu hijo que se está vaciando la barbacoa encima.
Su mamá le quitó el plato y le limpió la boca, pero Gilberto seguía viendo aquel sujeto que ahora saludaba de mesa en mesa. El vestido rojo que lo acompañaba rojo tenía también los labios.
—Y trae a la prostituta esa que ahora es su mujer: Claudia Blanco. Yo creo que mejor nos vamos. Esto no ha de terminar bien. ¡Adrián!, hazme caso.
—De aquí nadie se va, Concha. Y cálmate que no va a pasar nada —su papá con sonrisa ancha brindaba con otros que también alzaban su copa, allá en otras mesas.
—¿Cómo dices eso? ¡La última vez casi sucede una desgracia!
—Estaba borracho, Concha, era diferente. Además, no vas a dejar la fiesta de tu hermano sólo por tus sustos. Y no se diga más —en el micrófono una voz chillona invitaba a todos los parientes a bailar con los recién casados—. Ya oíste, a bailar.
—Se razonable, Adrián…
Pero su mamá no terminó porque no se lo permitieron. Después cuando vino su turno, se pararon a bailar. El niño siempre en las enaguas de la madre. Bailaron largo rato, les decían cosas al oído a los recién casados, los apapachaban, palmaditas en la espalda, un beso.
—¡Adrián Terrazas!
La voz fue fría, su papá se detuvo en seco y su mamá palideció como una luna. Ahí, a un lado de ellos, en una mesa contigua, Gilberto vio al sujeto de negro de pie y con el sombrero de lado.
—Señor Terrazas —continuó. Sus ojos se hicieron más pequeños—, es un placer verlo de nuevo. Espero que no haya rencores por el atrevimiento de la última vez. Como ya lo dije en su momento: es algo de lo que estoy seriamente arrepentido.
—No hay nada de que preocuparse, Becerra. Nosotros somos amigos, y lo que pasó pasado está.
Sus cadenas y anillos eran los más gruesos y dorados que Gilberto había visto. El sujeto era pálido y alto, su sonrisa cambiaba entre lo franco y lo astuto, y sus botas estaban tan relucientes como las cachas de la pistola de su papá.
—Siendo así, no les molestará que me siente al lado de ustedes. Y además, cerquita de los novios para verlos mejor, Terrazas, ja ja ja —hasta en sus dientes había resplandores brillantes.
—Cada quien se sienta donde quiere, Becerra, que estamos en una boda, y por mi no hay ningún problema.
Gilberto sintió algo extraño: varios ojos de las mesas vecinas los perseguían interrogantes, la gente hablaba, se decían cosas al oído, las mujeres caían en asombro, los hombres asentían. Una mano gruesa se apoyó en el hombro de Gilberto.
—¿Todo está bien aquí, don Adrián? —su tío había llegado como lluvia fría—. Señor Becerra, tome asiento por favor. Señorita.
Y se quedaron en la mesa de a lado. Que trajeran cervezas y un tequila, gritó. “¿Ustedes están bien, tíos?”, y ante una afirmación de sus padres su tío se volvió a perder en la fiesta.
Pero desde ese momento su mamá estuvo intranquila, casi no habló y sus ojos llameantes persiguieron a su esposo en cada momento. La fiesta continuó, las de banda se siguieron escuchando resonantes y las botellas en la mesa de Gilberto se sucedieron rápidamente. Que ya no tomara, le rogaba su mamá. Pero su padre como si el licor fuera aire, desvanecía las botellas sin esfuerzos.
Como a la media noche y a pesar que le gustaban las fiestas, Gilberto casi se dormía.
—Adrián, ya vámonos. Ya estás tomado. Vamos a dejar el niño. Acompáñame -pero su papá que no la oía seguía platicando con gente que se había acercado a su mesa.
—Vámonos, Adrián —le rogaba.
“Ya váyase, compadre”, le decían insistentemente algunos; “a descansar, don Adrián”, otros. Pero él se negaba, que no, que se fuera ella. Que él se quedaba otro rato.
—Váyase, señora, que aquí Adrián se queda conmigo, con amigos —todos voltearon a la mesa vecina.
Gilberto vio que el tipo de negro tenía los ojos desorbitados, rojos. También en su mesa había muchas botellas vacías. Miró que su mamá se ponía rígida al igual que los acompañantes de la mesa.
—Así es. Además con estas guardianas nada nos puede pasar —y su papá sacó el revólver. Lo acarició como si fuera un cachorrito.
Todos se quedaron quietos.
—Adrián, guarda eso. Vámonos —se paró su madre.
—No se asuste, Concepción. Que aquí no pasa nada —el tipo había sacado también su pistola y la enseñaba con deleite. Gilberto vio que los ojos le centellearon y una sensación de frío lo invadió. Comenzó a llorar.
—Compadre, su niño ya se quiere ir, por qué mejor no va a dejarlo y luego regresa —dijo una voz nerviosa.
—Ah, qué compadre. Tan asustadizo como siempre —su papá respondió—. No hay que tenerle miedo a las fulanas estas. Si para defenderse son, ¡no es así, Becerra!
Que sí, dijo el otro subiéndole el tiro a la escuadra. Por un momento el lugar quedó en silencio, su papá rió y guardó el revólver. Entonces siguieron brindando y las botellas pasando pero ellos no se fueron. Los novios habían pasado varias veces, contentos. Que por qué estaba tan seria, doña Conchita. Que no pusiera esa cara, que les diera gusto: era su boda.
—Norberto, ayúdame a llevarme a Adrián. Ya sabes cómo se pone borracho.
Y él, “ahorita”. No fue pronto, pero al fin con trabajos y convencimientos de un brazo levantó a don Adrián.
—Me llevan, muchachos, que conste. No me voy, me llevan, ja ja ja —su papá se despedía.
No llevaban mucho cuando escucharon la misma voz fría.
—¡El que perdona pierde! —risas.
Todo fue tan rápido, su papá dio media vuelta pistola en mano.
—¡Cómo! —gritó fuerte.
Pero otro cañón ya lo esperaba, y sin ningún aviso, seis balas atravesaron el cuerpo de su padre. Ahí, a su lado cayó tendido, lleno de sangre, sin vida. Gritos, llantos, ruegos y más tiros. Entre tanta confu-sión y oscuridad, el tipo de negro se desvaneció en la nada, desapareció. Buscaron, buscaron por todas partes, buscaron lejos, siguieron buscando después que se llevaron el cuerpo agujereado de su padre, mucho después que lo enterraron en esa tierra seca, después que su madre lloró noche tras noche, siguió buscando tanto, siempre.

7.29.2007

Palabras Desnudas

Estas son las palabras que quedan después que todo se ha ido, como una playa después de una marea que limpia la costa. Palabras limpias sobre una arena inmaculada, sin rastros, sin conchas, sin nada. Cuando al término del día todos se van, sentado frente a esta gran ventana, las palabras pierden peso, sonido, utilidad, se manifiestan bailando. Acuden a mí como luminiscencias de la tarde. Bailan hasta la madrugada, desnudas. Bailo con ellas.

Siluetas de pies desnudos, estrellas, rastros de algarabía, rayas en la arena, historias. Las palabras se despiertan en un día sucio, se calzan, huyen. Allá dejan sus estelas. Sube la marea, llega la gente.

Yo sólo escribo los recuerdos que dejan, no escribo todo.

La gente se va, la vida. Camino.

Vacío me siento a esperar otra tarde, otra marea alta, otras luminiscencias, las palabras limpias, las palabras desnudas.

Bienvenidos.