7.24.2011
Lustre
De súbito siento un potente bombeo de sangre, me palpita el cerebro. A los ojos, totalmente abiertos, por algunos segundos los invade una parálisis de terror, turbiamente pueden, a través de la oscuridad, vislumbrar una brillantes omnipotente que lentamente se acaba: ¿qué es esto?, ¿dónde estoy? Es la blancura del techo que a primera vista impresiona hasta que los ojos se ajustan. Después de un reconocimiento preliminar, la razón entra en onda, pero no así mis oídos, que todavía sufren. ¡Exigen! Es ahí cuando retomo el mando y salto de la cama, titubeante, para apagar el despertador.
Con la esperanza que la razón se atonte, transcurren los cinco minutos más inútiles del día, después recobro asustadizamente la conciencia y tomo la toalla y un baño.
Faltando cinco minutos para las siete de la mañana, estoy sentado en mi lugar preferido del F-207. Simulo que leo mientras veo los detalles insulsos de una foto de Pancho Villa y Emiliano Zapata: atrás de las botas de Villa, un huarache de indio; a la derecha de ambos, dos caras de niños, como si fueran ángeles puestos ahí por diseñador de fotos; ¿una mujer enlutada?; diez sombreros; un moño de charro y una pañoleta; y una mujer, la enlutada, peor tal vez sea hombre. Sin darme cuenta, los fantasmas de la noche huyen de la universidad asustados por la llegada de los alumnos. Se va formando el rompecabezas de lo que será el día.
Dejo la foto al saludo de ella que llega al salón. El sueño se va, el rompecabezas, armando, sube un poco y se desploma en un sin fin de fichas, como un mar de marejadas altas.
Ciudad de México. Martes 24 de noviembre de 1998.
7.23.2011
Hasta las tres
Y ahí estaba aquel signo de admiración que cerraba la línea que no alcanzaba las diez palabras.
“¿Cómo me olvidé de algo tan importante? Siempre, el peor enemigo he sido yo mismo”. Lo miraba una y otra vez. Cerraba los ojos, se pasaba las manos por los cabellos. ¿?, ¿?, ¿? En cualquier otro lugar no tendría importancia. Pero no en ese. Parecía que escuchaba las palabras rancias y altisonantes de Jerónimo: “¡Lo trascedente es que ella trabaja hasta las tres!” Él odiaba la mala ortografía y aquello había sido un descuido. Lo que más lo reventaba era que a aquel jefe suyo la ortografía le importaba lo que a un perro le interesa una mosca. Sólo la usaba, si eso se puede decir, era porque existía. Pero no iba a desperdiciar la ocasión para joderlo la semana entera.
Etiquetas: Cuento, jefe, ortografía, Relato
6.28.2011
Horacio
Las gotas despiertan las plazuelas, las banquetas se quedan estáticas de frío: soportan lo que nadie quiere. Antes, por ahí pasaban tus pasos rápidos. Ahora no pasan. Muchos pasos, sin sentido, en todas direcciones y en ninguna. La lluvia cae apresurada como los pasos. Imitan los pasos que se apresuran, las zapatillas altas que quieren llegar a la otra orilla, el charco que crece gordo, los neumáticos se engolan partiéndolos. No sigo tus pasos porque ya no están. Se fueron hace mucho tiempo. La calle no guarda recuerdos de ellos. Ni uno. Todo existe porque lo superpongo, porque me acuerdo. Porque al mirar, mis ojos no se estiran, se hunden. La calle es una muralla que no deja ver más allá, son un tope que regresa la vista y la impulsa dentro de mi retina y me acuerdo. Aquí ibas, íbamos, los dos como dos niños, riendo. Breves momentos en los que se asomaban las risas, breves contratiempos que no debieron existir. Después las discusiones interminables, enormes y largas como las tiras de las cajas contadoras en los bancos antiguos. Interminables tiras de papel, en rollo: para regalar. Yo sólo escuchaba, tú hacías todo el talking y las palomas seguían pasando, volaban lejos y lejos se iban. Se iba la lluvia y las palabras, la ciudad se despertaba perezosa con una cara limpia y fresca. Las calles, eternas calles sucias y violadas se despertaban diáfanas, hasta felices. Todo lo espiaba desde mi ventana, de lo alto. Si la vida pudiera resumirse en un mismo tiempo, estuvieran nuestras manchas grabadas en esa pintura que colgaría en la sala. Colores borroneados en un enorme cuadro sobre una pared blanca. Nuestras manos cerca, tu respiración palpitante de súplica y protesta. Siempre suplicantes y protestantes. No hay resurrección para los amores ciegos y apaleados.
Tus zapatillas se fueron por la misma calle por la que venías o me fui yo. Al final, casi siempre, no era bienvenido. Nunca lo fui, pero yo miraba tras la ventana, como si nada pasara. El corazón de melón que guardaba un rincón para mí, dentro de todas sus cosas había un rincón para mí, como en el rincón secreto de una niña traviesa. Así, era envuelto como el regalo pasajero en el que hacías realidad una epifanía falsa. Un día cerraste la caja y me quedé en este balcón, mirando. Como si nunca hubieras existido. Tú también, pero el arte con que se desarrolla la vida está descompuesto, la vida y la calle están cuesta arriba o cuesta abajo dependiendo de la dirección que lleve uno. Ya no nos vinos. Ya no nos vemos. En la calle sigue lloviendo y secándose con el sol bonachón bajo mi balcón. Abajo quedan, incluso, los eucaliptos limpios limpios y frescos. Las palomas se refugian en los alerones de la iglesia. Los judíos pasan en grupos riendo. Las mujeres llevan sus carriolas felices. Los niños gritan o eso pienso. Desde arriba sólo se ven los movimientos de las manos agitándose. La lluvia limpió las calles y los árboles.
Zihuatanejo. Mayo 18, 2011.
5.21.2011
Me curo

Estoy tan solo que hasta desconfío de mí mismo.
Me siento enfermo. De algo horrible.
Ni siquiera me atrevo a mirar a nadie.
En las escaleras suenan pasos.
Antes de que alguien me vea, me aviento a la calle,
me meto a la ciudad. Me curo.
Octubre 16 de 2005.
3.27.2011
X24

En 1998 estaba iniciando la universidad y en clases con mi profesor de redacción, Dr. Oscar Mata, trabajábamos algunos mini cuentos. Recordaba uno en particular y me propuse encontrarlo entre libros, archivos electrónicos y notas de clase. Lo encontré, cambié algunos detalles y está aquí.
X24, ya estoy acostumbrado, siempre muy radical. Para él, el verdadero amor es el de las siluetas sinuosas y apretadas; para mí, no hay quien iguale a aquellas que dan mate en cinco jugadas sin haber siquiera enrocado.
5.09.2010
Preámbulo al saludo
The vices of mankind (…) should they fail in this war of extermination, sickly seasons, epidemics, pestilence, and plague advance in terrific array, and sweep off their thousands....
Thomas Malthus
Apretar fuerte, imprimir energía en el saludo: se acordaba de las recomendaciones del último taller que había escuchado en el hotel sobre entrevistas de trabajo. Siempre estaba tras el gerente para que lo pusiera como responsable del sonido de los eventos; como nadie quería aburrirse en esas reuniones, salvo él, casi siempre lo dejaban. A los otros no les importaba aprender, pero a él sí, por eso le gustaba el trabajo en el hotel. Se metía a todo seminario que podía. A lo lejos miró al gordo. Siempre había tenido aquellas manazas gruesas y esos dedos gordos, como si estuvieran cosidos a esa mano fofa. Miró sus propias manos lisas, morenas. No entendía cómo alguien con aquel volumen podía controlar el negocio en la favela. Ya estaban cerca, pero aún tenían que subir la última cuesta. Iban rodeados de los mismos niños, porque eso eran, niños. Él había leído a Freud a Foucault, pero aunque no lo hubiera hecho, todos lo sabían, en esa patología social que sufrían, la policía atacaba las consecuencias y no las causas. Consecuencias, los niños muertos. Causas, las clases medias consumidoras de maconha. Estuvo viendo al gordo, se alisaba el bigote, se pasaba los dedos por la boca. Le dio asco, quiso regresarse, decirles que se había arrepentido, que su mamá se había puesto mala de nuevo, cualquier cosa.
Um tiro nas costas o derrubou. Acho que murreu cedo. Gritos, barulho, rajada de metralhadora longe, perto. Aconteseo diante meus próprios olhos. Não fiz nada. Não pude.
No quería enfermarse. Afortunadamente ya había pagado la última letra de la deuda de la frigorífica, pero se habían quedado sólo con un kilo de frijoles y el trozo de carne seca que les había llevado Carmen la curandera. Seguramente no comerían más que feijoada rala el resto de la semana. No lo habían llamado del hotel. Le dijeron que lo llamarían cuando la situación se estabilizara. No se había estabilizado y no lo habían llamado. Él había ido ya dos veces pero le habían dicho que no había clientes, que con la epidemia la gente estaba asustada y que los europeos no habían llegado. Que si lo necesitaban lo iban a llamar, que ya sabía. De eso ya hacía dos meses. Intentó y al principio no le dio importancia, pero cuando su madre le dijo que ya se había gastado lo último del guardado tuvo que salir a buscar jale donde encontrara. El hotel no lo iba a llamar, estaba seguro.
El cara Flávio siempre le estaba diciendo que le ayudara con el trabajo. Que no se iba a arrepentir, que con lo que sacara hasta podría terminarle el barraco a su mama o hasta hacerle una casa en una colonia decente, que él tenía talento para eso, que les caía bien a los jóvenes. Él nunca lo había considerado. Ese trabajo nunca lo volvería a hacer. Una vez, solamente una, se había metido en esos enredos y le había costado tres años en el bote y el recuerdo de ese niño muerto, por no contar las enfermedades de su madre por la preocupación. Pero ahora con aquella necesidad, él era capaz de volver a aquello. Se acordaba de todos los detalles como si hubiera sucedido ayer, como si fuera el mismo Funes de Borges, encarnado. Todo había comenzado por las incursiones sorpresivas del Comando dos Amigos por la parte norte. Ya hacía un año que los mandos altos del Comando dos Amigos se habían propuesto tomar el morro a bala y sangre, y eso no lo iban a permitir. Todos estaban metidos en los preparativos para frenar los asaltos. Al menor tiroteo, la barriada se volcaba agresiva contra el enemigo. No se habían hecho el morro y no lo hubieran hecho de no haber errado ese día la táctica. Todos andaban nerviosos, hasta él que solo eran un vendedor en la boca de la favela. Todo inició en una aparente calma. Esa tarde no había vendido mucho y estaba enamorando a la flaquita Juliana Farías, la más linda de las hijas de la dueña la lonja de la esquina, doña Vera, cuando pasó corriendo el avión: “La policía Marcinho, la policía, vuélale”. Luego luego se escucharon las ráfagas de AK-47. Ellos sabían que por regla estaba prohibido meterse con el gobierno porque las repercusiones se ponían difíciles para toda la barriada y tardaban meses en dejarlos en paz pero, después se enteró, hubo una mala comunicación. Los aviones fallaron y se corrió la voz que el Comando dos Amigos entraba por la misma boca del morro. Por eso abrieron fuego de inmediato y de inmediato se alebrestó el enjambre de policías. Lo que era un operativo de rutina, se convirtió en la mayor balacera de los últimos años. Y para ellos, para él, la mayor desgracia. Los diarios del día siguiente dijeron que los proyectiles llegaron hasta el periférico por la parte del cementerio y que hasta lo tuvieron cerrado un rato para proteger a los civiles.
El avión se llamaba Marcos de Souza, era el mismo que lo había alertado, el mismo que lo había seguido en las vicisitudes de la venta desde el inicio como si se lo hubieran asignado. Y es que cuando se sintió atrapado en el fuego cruzado se quedo paralizado, sólo se agazapó tras un poste a merced de la desgracia. Y no es que aquello le fuera desconocido. Como habitante del morro estaba tan acostumbrado a los tiroteos como al feijão trompero, pero una cosa era escuchar las ráfagas debajo de la cama y otra muy distinta sentirlas detrás de los oídos. Nunca iba a saber qué hubiera pasado si Marcos no se hubiera regresado a socorrerlo. De pronto vio a los policías tomando la esquina de la calle donde él estaba atrapado. Los pocos de ellos que estaban haciendo frente al gobierno en ese lado, se estaban alejando. No era costumbre en la barriada, pero lo estaban dejando solo. Cuando le restaron cinco tiros dejó de disparar. Iba a intentar salir de ahí. Era muy arriesgado, no quería. Pensó que si no se movía, si se rendía, no lo lastimarían, que con suerte se encontraría con policías honestos y sólo lo encarcelarían, cosa que de todas formas había sucedió. Ya estaba decidido a jugarse su última carta cuando salió Marcos en la contra esquina quemando bala. No lo dudó y salió despavorido. En la huida, vio caer cuando menos a dos policías. Había corrido como loco, como nunca lo había hecho. Vio las ráfagas incrustarse en el asfalto delante de él, a un lado, pero bendita la señora Aparecida, no le pasó nada. Marcos lo aguantó todo el tiempo hasta que él se barrió detrás del muro. No se había dando cuenta, el chico ya estaba herido. “Vuélale Marcinho”, le volvió a decir cuando caía de bruces. No supo qué hacer, arrojó el arma, a quemarropa se arrojó por el cuerpo.
De eso ya habían pasado quince años, él prefería no acordarse. Por eso no quería volver a aquello. Ya otras veces se había hallado en apuros de dinero y más tarde que temprano y mal que bien se habían arreglado sus asuntos, pero esta vez ya estaba desesperado, no encontraba el camino. Ya Flávio le había arreglado una cita con el gordo Gonçalo. Sólo de verlo a lejos con su gordura enfermosa y sus maneras desfachatadas, quería regresarse.
Gritei, pedi socorro: ninguém. Olhe a ladeira interminable. Todos salvando suas vidas, fugindo. Arrojei a arma, aventei-me ao tiroteio, o tomei em minhas mãos. Era só um minino, caralho! Quinze anos, no mais. Uma criança.
Las manos del gordo manoseaban su mismo cuerpo como ultrajándolo. Pensó en todos los rincones del cuerpo que esas manos habían tocado. Ahora los dedos gordos estaban dentro de las fosas nasales. Empezaron a subir la ladera. Quiso pensar en otra cosa, como las cosas que haría con el dinero que ganaría. Pero sus ojos regresaban a las manos del gordo, las mismas que dentro de un momento entrarían en contacto con las suyas. Sólo faltaba que se enfermara. Nunca se enfermaba. Cada año se vacunaba contra la influenza. Su amigo, el doctor Almeida, le decía “Marcinho ya tráete a doña Concepción para la vacuna”, y él la llevaba, y los vacunaba a los dos. No salían de la cama por un día: sentían el cuerpo molido y los malestares del resfrío, pero eso era todo. Al segundo día como si nada y de ahí en adelante. No quería enfermarse. El gobierno ya había vuelto a cerrar las escuelas, los restaurantes y prohibido las reuniones públicas. La epidemia había regresado más mortífera, no los había agarrado desprevenidos como las primeras veces pero la gente ya estaba cansada de todo eso. Aunque hasta a las enfermedades masivas se acostumbra uno, pensaba. Mientras quede un hilo de vida, uno se va a acostumbrar a todo lo que sea necesario. Desde antes del invierno, la gente se armaba con cubrebocas, antibacteriales y la mezquindad obligatoria de acortar las conversaciones en aras de la prevención. Sin embargo, él no se acostumbraba a platicar con aquellos miramientos, como si se estuviera platicando con un enemigo. Se ponía a pensar y llegaba a la conclusión que no había discordia más eficaz que una pandemia. De poder estrecharía a todos de mano y les daría un abrazo. Era capaz, y si se detenía no era por él, sino por la gente que ya no lo iba a volver a saludar, lo tildarían de loco. Porque habría que estar loco para hacer eso estando las cosas del tamaño que estaban. Le habría gustado anteponer esa amistad primigenia a cualquier virus mortífero. Ante todos, menos ante el gordo fofo. Alzaba los ojos y lo veía. Le repugnaba más su falta de higiene que su falta de escrúpulos. Sus actividades criminales cumplían una función. Hasta cierto punto era un engrane necesario en el motor económico y social, pero su falta de higiene era una falta de hábitos y eso no se le iba a quitar ni reformándose de sus ilícitos. No lo iba a saludar, le diría que la epidemia había llegado severa, que pensaba que estaba contagiado, hasta fingiría una tos. El gordo se asustaría. No lo saludaría. Ya estaban llegando, ya se oía lo que el gordo le decía a la mujer con la que platicaba. Se sobaba la nuca, se fregaba un ojo, se ajustaba la entrepierna del pantalón. Él siempre había sido un hombre fuerte pero iba a vomitar, tenia repugnancia. Se paraba abriendo las piernas para darse elegancia, él sabía que lo hacía para conservar el equilibrio. Quienes terminarían de echar el país por la borda no serían los políticos ni el narcotráfico, sino el sobrepeso y la influenza, no tenía dudas.
—¡Márcio! —le gritó el gordo Gonçalo sonriendo.
Ya casi llegaban al barraco donde estaba. Disminuyó el paso.
—Déjame tomar aire, cara —hizo una pausa—. Parece que con los años los pulmones se me están encogiendo Flávio. Tú que estas joven fuma todo los que puedas ahora. Todo lo que puedas Flávio.
Ninguém assistiu ao velório. O cemitério São João Batista esteve vazio. Salvo a mãe e as namoradas, duas delas grávidas, ninguém. Chorei como se fora meu filho. Prometi nunca voltar a isso. Jamais.
El gordo si reía de ellos. Su mano ahora estaba en el trasero, ahora la movía en el aire, le platicaba a la loira. Si el gordo trataba sus manos así, así también trataba sus pensamientos, sus creencias y su vida. Las manos como reflejo de la vida. El creía en eso, en la lectura de las manos en movimiento: en una conversación, en las mímicas diarias, en las maneras: ademanes elegantes, firmes, finos, enérgicos. Las manos como cartas de presentación del cuerpo. El gordo se rascaba el cuello, se mordía las uñas. Finalmente habían llegado. Fue un momento breve, miró sus manos firmes. No estaba sorprendido, el día en que la gente no podría ni saludar al prójimo por una enfermedad iba a llegar más tarde que temprano, ya había llegado a su barriada. Había pueblos como el suyo que vivían en un círculo vicioso-social con el efecto de la bola de nieve. Tampoco le asombraban las mutaciones genéticas del virus, las maromas que había hecho entre especies hasta llegar al humano. Todo era posible y ellos estaban ahí en la primera fila.
—Marcinho —el gordo lo abrazó, le tendió la mano.
No reaccionó. Ya estaba ahí, a eso había ido. No quería, pero, cuántas cosas no había hecho en su vida que no le habían gustado y sin embargo las había realizado. La vida era un balance situacional entre la satisfacción pretendida y el costo para alcanzarla, cada quien pagaba un costo diferente, unos más otros menos, pero todos pagaban o casi todos. Pensó en su mamá, en el dinero y apretó la mano fláccida y la agitó en un saludo prolongado. Después, dejó de reflexionar, sentía que le encarcelaban el albedrío.
Para su fortuna el encuentro había terminado pronto. Después del saludo, en la misma mano le pusieron una pistola beretta y un puñado de billetes. “Bienvenido”, le gritaron ya cuando iba lejos.
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9.30.2009
Carcajadas

> Subject: háganlo circular!
> From: drpand@fastmail.com
> Date: Martes 7 Abril 2009 10:25:45 -0500
Linda:
A mí me gustó aquel lugar, a lo mejor te acuerdas. El jazz fue bueno, una mezcla latina y árabe. Te acordarás que nos regalaron unos cocteles exóticos preparados con frutas secas picosas. Sucedió después que salimos del antro.
Caminamos. Los faros luminosos, la falta de ruidos, los edificios sonámbulos. Anduviste sin decir palabra. Salimos de Motolinía y doblamos por Madero. El viento venía fresco y se perdía rápido en la oscuridad de la calle. Tus cabellos parecían flotar, me acuerdo. Yo te espiaba, tus ojos, tus labios. Tú siempre me estabas metiendo en tu vida, inesperada, divertida. Se te ocurrió otra idea: ibas a leer a la distancia. Me estoy acordando ahora como si hubiera sido ayer. Ibas a demostrar que tú los tequilas los dominabas tanto como la lectura.
¿Será que te acuerdas? A media cuadra frente al Tempo de la Profesa, te señalé la espalda de dos policías. Intentaste, pero los tequilas siempre sí te habían empañado la lectura.
-Policía, dice policía, Linda –yo te aclaré la palabra y tú los ojos.
-¡Sí, policía! ¡Allá dice policía! –repetiste. Lo dijiste tan fuerte que hasta uno de ellos volteó.
-Despacio Linda.
-¡Sí, dice policía y aquel es un policía gordo! –gritabas, señalabas.
Antes de cualquier cosa, te tomé de la manó y andamos por Isabel La Católica. A lo lejos brillaban lucecitas del Palacio Nacional.
¡Ah, cómo nos reímos! Me dolía el estómago. Como locos riendo a carcajadas en la oscuridad del Centro Histórico. Nos fuimos riendo hasta llegar al estacionamiento. Nos reímos todo el camino. Nos seguimos riendo en la oscuridad de tu cuarto. La risa me duró el fin de semana entero.
Sólo hasta ahí, después todo fue lento.
No te encontré el lunes. Nadie te había visto. El teléfono y la puerta de tu casa, bloqueados. Al fin, el miércoles encontré a Natalia en la biblioteca. Sin empujes me dijo que te habían llevado a Europa, de emergencia, que no regresarías y que no te buscara.
Sabes que no sé de ti desde entonces. Sabes que te extraño. Sé que lo sabes. Sé que tus sonrisas están allá, en otra parte. Por eso escribo otro mensaje, buscándote. Yo creo que si lo llegas a leer, te vas a acordar y te vas a reír tanto como me estoy riendo ahora.
Risas. Muchas, bastantes. Carcajadas.
Etiquetas: amor, carcajadas, centro histórico, Ciudad, Cuento, jazz, risas
7.24.2009
Llámame...
Cuarto, penumbra, luz de vela, tu, yo, caricias, besos, despacio, cuerpos, juntos, calor, besos, fuertes, pasión, piernas, ropas, cadera, desnudos, senos, deseo, dedos, humedad, fricción, atrincherados, sexo, lujuria, quejidos, sudor, orgasmo, desbordamiento, candor, palpitaciones, laguna, paz, palabras, risas, historias, amor.
Llámame...
4.12.2009
¿Suicidio en Playa Icacos?
"Tal vez sea la propia simplicidad del asunto
lo que nos conduce al error."
Edgar Allan Poe
El mustang rojo descapotado patinó las llantas, el detective Salvatierra giró sobre la Costera Miguel Alemán y el teléfono sonó por tercera vez en los últimos dos minutos. No contestó; pisó el acelerador al fondo. La brisa caliente le golpeaba la cara, el calor se le metía por los poros: Acapulco era una olla de presión en el verano. El suicidio acababa de ocurrir. El comandante de la policía, Francisco Oliveira, descansaba en su residencia de Playa Icacos. Francisco no se pudo haber quitado la vida, pensaba el detective Salvatierra. Además de su jefe, era su amigo de años. No podía estar muerto.
Ya habían llegado las primeras patrullas y algunos colegas. Lo esperaban. Le informaron que en la casa no había estado nadie más que el comandante y el guardia en turno. El guardia cuando escuchó la detonación subió a toda prisa y descubrió el cuerpo. La escena permanecía intacta. Desde la puerta, Salvatierra observó el cuerpo sentado en la silla del escritorio. Tenía la cabeza apoyada en una grabadora de cintas, la pistola en la mano derecha y un agujero de bala en la sien del mismo lado. El detective tomó la grabadora y apretó el play. Escuchó: “Soy Francisco Oliveira. Nadie ni nada me ha orillado a esto. Es una decisión personal”. Después sonó un disparó y el ruido de la cabeza golpeando la grabadora.
En ese momento Salvatierra ordenó detener al guardia en turno.
Estimado lector detenga la lectura. Ha llegado el momento en que usted diga porqué el detective Salvatierra está seguro que se trata de un asesinato y no de un suicidio. Todas las pistas que necesita para descubrirlo han sido mencionadas.
Solución:
El detective Salvatierra se calzó las gafas, el motor del mustang rugió.
-¡Detective! –lo alcanzó un colega-. ¿Cómo está seguro que es un homicidio?
El detective frenó el mustang, miró el cielo raso y sintió el calor en su cuerpo nuevamente.
-Porque la cinta estaba lista para escucharse. Alguien la dejó preparada. De ser suicidio, la grabación hubiera continuado por más tiempo tal vez hasta el final de la cinta.
3.11.2009
Aroma de amor
Le dolía el beso.
La tarde se iba lejos. Pocas olas reventaban en ese mar cansado. Sentado en la arena, fumando la pipa, esperando el fin. También le dolía la espalda. Allá, las primeras luces del pueblo, los primeros reflejos en el espejo de mar. El humo revoloteaba un poco y se perdía. En realidad le estaba doliendo la vida, pensaba. Viejo y cansado. Solo.
El tabaco lo saboreaba en la lengua, lo metía en sus recuerdos, se lo llevaba lejos, lo perdía en los tantos años de su vida. Cansado. Cuando uno se mete a la vida, como un buzo al mar, esta pasa eufórica: pensaba. El había estado dentro de la vida siempre. Siempre. Apenas, ya viejo, la vida lo había bajado del viaje. ¿Qué le quedaba? No hay salsa para los viejos. Dejaba las redes, salía a los atardeceres. Ahora desde afuera, viendo de lejos el torbellino de la vida, le pasaban burlonas sus decisiones, como bifurcaciones de caminos rotos. Siempre quedaba ese camino oscuro que había despreciado, aquellas alternativas que no había elegido. Por eso le dolía tanto aquel beso maldito. Las de aquel día, como las de entonces, eran unas olas altas. “No te vayas, Marcos”, le dijo por última vez. Un susurro lento: “No me dejes”. Se le prendió al pecho con brazos y almas. Lo besó. Lo envolvió en ese aroma de arena, de amor, que ella traía siempre.
La dejó.
Mucho después, mucho, por mucho tiempo y cobardemente, se arrepintió. Cuando regresó buscándola, suplicante, viejo, ya no estaba. En aquel muelle se había embarcado, le dijeron. Sin rumbo. Sin norte. Sin pistas. Nada.
Venía la brisa y se llevaba el humo. Sus ojos cansados, pegados al horizonte. El dolor en la espalda, las olas altas, su aroma de amor.
9.30.2008
La rana vieja
Esta era una vez una rana. Era brincadora, le gustaba brincar. La rana un día se enfermó y ya no pudo saltar.
Nunca. Pasó el tiempo. Cuando moría en su cama, cerca del estanque ya vieja, se arrepintió de haber brincado tanto y de su gusto desenfrenado por aquella manía. Comenzó a gustarle estar lisiada, enferma y vieja. Murio feliz.
7.04.2008
Terra Maldita
Com a minha professora Roberta Testa e meus amigos do quarto nível no CEB fizemos algumas narrações. Esta é uma:
Tinha feito sol no dia anterior, mas agora estava fazendo o frio mais horrível da minha vida toda! Eu não acreditava nesse frio de morte. Não esqueci e fiz as últimas compras no aeroporto: o livro de molhos e milho que eu estava procurando desde dezembro, e duas garrafas de tequila. Fiz o cheque e a menina perguntou se não tinha cartão de crédito. "Não!", respondi. Neste país ninguém usa cheques. Na semana anterior havia feito as malas e não foi fácil achar um lugar para as garrafas. "Pode me fazer um favor", eu disse á menina. "Ponha também 20% de gorjeta". Queria fazer todos os pagamentos a essa gente esquisita e malvada desse país com o tempo mais escuro que eu conhecia. Ía fazer frio todo o vôo. Não importava mais. Eu estava fazendo a viagem para nunca mais voltar a essa terra maldita.
12.09.2007
Lenguaje Maldito
Y el hombre, en su orgullo, creo a dios a su imagen y semejanza.
Friedrich Nietzsche
I
Desafortunadamente Dios existe. No hablo de una existencia puramente filosófica sino divina. En un principio, cuando era un joven escéptico, creía que sólo existía en la mente de todos aquellos que le daban vida y que nunca lo veríamos realmente muerto, enterrado bajo “la era cristiana” en los libros de historia. La gente necesita religiones para soportar la realidad de sus vidas. La gente teme todo el tiempo. La falta de conocimientos es el miedo más grande de nuestras mentes y la razón de tantos Dioses. No es fácil aceptar nuestro destino como finito y efímero. Siempre he pensado que la existencia de Dios ha causado más males a la humanidad que todo el bien que prodiga. Desafortunadamente nunca morirá porque es real. Yo lo he visto.
Después de quince años en el Instituto de Investigación de Mecánica Cuántica del Massachusetts Institute of Technology en los Estados Unidos, inesperadamente abandoné la física. Toda mi vida la había dedicado al descubrimiento de las leyes del universo y había sido parte de importantes investigaciones, pero había un presentimiento, cada vez mayor, de haber errado el camino en algún momento. ¿Qué es más importante para el científico que la ciencia? Pero la ciencia no me dio explicaciones de la muerte de mi esposa e hijo en un trágico accidente automovilístico. Las probabilidades de ocurrencia de ese accidente los registraba la estadística como improbables, pero a los dos los enterré en un invierno frío. Viaje, conocí diferentes culturas. Me alejé de la ciencia. Estuve en busca de algo que desconocía, pero que estaba seguro de identificar en cuento lo tuviera presente. Después de algunos años llegué a Roma y supe que había encontrado parcialmente: la espiritualidad. Inicié un grado en teología de la vida cristiana comparada en la Università Gregoriana. Mi propósito no era ser religioso sino encontrar respuestas en la religión. Me adentré en la fe y mi espíritu creció en paz y armonía, pero mi búsqueda siguió. Continué viajando. Me atrajo el ambiente progresista y cultural de París. Cuando me gradué en sociología y dictaduras en la Université Sorbonne entendí que la mano de Dios no existe para muchos. En ese momento pensaba que no había que ser científico social para darse cuenta que el Dios divino no existía. Que para ser ateo no había que ser diabólico, ni científico, sino valiente. La gente es creyente porque no es lo suficientemente capaz de vivir con sus propios temores. Es necesario que los guarde en un rincón colectivo y en un hueco personal que les da su mismicidad en la religión.
II
No dejé Europa y en esos tiempos era un cansado activista social. Un día de camino al trabajo recordé un viejo experimento que nunca había terminado por carecer de los conocimientos suficientes o por ser de comprobación imposible. Mi circunstancia había cambiado y me propuse intentarlo nuevamente. El experimento consistía en descubrir a Dios. Sin embargo, en esta ocasión la metodología a utilizar tendría como base mis conocimientos en teología comparada y física. Recordé y reformulé mis viejas hipótesis.
Primera hipótesis: Dios existe como el ente omnipotente que controla las vidas de la humanidad.
Todos los libros sagrados de las principales religiones del mundo dan cuenta de esto. En el Baghavadgita, para los seguidores de Krishna Dios está dentro de cada hombre: “Tú llevas en ti mismo un amigo sublime que no conoces. Porque Dios reside en el interior de todo hombre, pero pocos saben encontrarle… Porque quien encuentra en sí mismo su felicidad, su gozo y en sí mismo también su luz, es uno con Dios…” Las azoras del Corán reflejan a un Dios creador e inalcanzable: “102 Éste es Dios, vuestro Señor; no hay más Dios que él. Creador de todas las cosas, adoradle, que él vela sobre todas las cosas. 103 Las miradas de los hombres no podrían alcanzarle; él alcanza todas las miradas: el Sutil, el Instruido.” Los budistas en el primer bardo del Libro tibetano de los muertos dan a entender que la “energía vital” es parte de la persona: “La luz es la energía vital. La llama sin fin de la vida… No temas. Entrégate a él. Únete. Forma parte de ti. Tú eres parte de él”. Finalmente para los cristianos, en el salmo 33 de la Biblia vemos la omnipresencia del hijo Dios: “13 Jehovah ve desde los cielos; mira a todos los hijos del hombre. 14 Desde el lugar de su morada observa a todos los habitantes de la tierra. 15 El que formó el corazón de todos ellos comprende todas sus obras.” En todas las religiones monoteístas aparecen los mismos mensajes de un ser supremo que controla los designios de las personas.
Segunda hipótesis: si Dios controla la vida de todos, entonces es el más grande administrador y su tecnología supera todo desarrollo científico humano.
Tercera hipótesis: Dios proveo al ser humano con albedrío con el que puede avanzar y decaer en el camino de su progreso espiritual.
Esta hipótesis se basa en un principio que en teología se conoce como principium individuationis, que condicionada la fe de las personas a los actos que realizan. Aceptar esta libertad de acción y “pecado”, nos lleva a entender la creación de Dios como hiperdinámica, de momento a momento. Por eso Dios en su multiplicidad, puede escuchar los ruegos de los devotos y castigar a quien desobedece, entendido el castigo en su aspecto medicinal o no.
Cuarta hipótesis: Dios puede medir la fe y saber los pensamientos de cada uno de sus hijos constantemente debido a su tecnología divina. De esta forma sabe en un momento determinado -juicio final- quienes merecen ser aceptados y quienes no.
Quinta hipótesis: Dios está constantemente poniendo pruebas a sus hijos para medir la fe que cada quien le profesa.
Sexta hipótesis: Dios escucha a sus hijos a través de los rezos, mantras o meditación religiosa. La comunicación directa con lo divido únicamente se logra a través de los estados –nirvana- que logran estas prácticas.
Hipótesis central: La existencia de Dios y su creación hiperdinámica que controla a través de los pensamientos y la fe de las personas y que se puede aumentar a través de la perdida temporal de la conciencia por los rezos o mantras logrando un estado de inconciencia x, puede ser burlada a través de la alteración del proceso de comunicación a través del cual Dios conoce los pensamientos.
III
El problema mayor era como lograr una interferencia en la lectura de los pensamientos de Dios. Durante mucho tiempo estuve investigando una solución. Era finalmente un problema que la lingüística podía ayudarme a resolver. Todo se reducía a un proceso de comunicación en el que había dos receptores, Dios y sus hijos, y una vía de comunicación que era la línea divina a través de la cual Dios puede conocer los pensamientos. Esta comunicación podía ser de diversas naturalezas, pero lo que me interesaba era saber a través de qué tecnología divina, él podía en todo momento tener acceso a la mente de las personas. Era prudente suponer que en esta comunicación no había ruidos o interferencias porque la tecnología de Dios es divina. Dios puede comunicarse con sus hijos a través del lenguaje de la inconciencia, sueños, visiones o presencialmente. Supuse que sus hijos pueden comunicarse con él usando la misma línea pero a través de la meditación profunda. La lingüística postula que la comunicación se altera por el ruido o por no comprender el lenguaje. ¿Habría algún lenguaje que no entendiera Dios? Investigar un lenguaje ajeno a Dios era una empresa imposible sin apartarme de la ciencia. No podría existir: el humano no crea nada que no exista dentro de los límites del universo divino. Podría aceptar la existencia de un lenguaje ajeno a Dios sólo si la creación fuera producto de varios Dioses, pero abandoné esa línea de pensamiento.
Si no podía tener acceso a un lenguaje que no entendiera Dios o poder interferir en él, mi problema consistía en encontrar un hueco a través del cual Dios no leyera los pensamientos de las personas usando su propio lenguaje. Si lograba encontrar un medio a través del cual Dios no pudiera leer mis pensamientos entonces podría burlar su creación hiperdinámica y comprobar su existencia. ¿En qué momento Dios no leía los pensamientos de las personas?, ¿cuándo?
Abandoné el experimento nuevamente por siete años hasta que surgieron las primeras teorías de la comunicación en la ciencia de la informática. A finales de la primera mitad del siglo XX el húngaro John von Newmann, genio matemático, sentó las bases de los protocologos de información y el lenguaje binario de las computadoras. En un proceso de comunicación entre un servidor y un periférico la comunicación se da en paquetes de datos a través de un canal. Para enviar una orden a una terminal, el servidor manda un paquete de información de reconocimiento que el sistema de la terminal lee y regresa con la información requerida en un proceso que termina hasta que la orden es completada. Sin embargo, cuando la terminal requiere cierta información del servidor la comunicación funciona de forma similar pero inversa. El servidor analiza los datos y permite mandar o autorizar la información requerida. En ese momento vislumbré una solución al problema: mientras los hijos de Dios -las terminales- mandaran sus paquetes de información -pedimentos a través de la meditación profunda- el proceso de comunicación de Dios estaría ocupado recibiendo los pedimentos y no estaría leyendo los pensamientos de las personas. Esto, a pesar que era un adelanto teórico, no resolvió el problema. Ahora, aparentemente todo se reducía a una cuestión que la teoría de colas podría ayudar a entender: cada uno de nosotros con un procesador y un "cable" de información. Podría tener éxito si de alguna manera lograba enviar mensajes falsos a través del cable de información divino. El supuesto se caía porque en el mundo de Dios los recursos son aparentemente ilimitados y pudo haber creado su humanidad con más de un chip procesador y más de un cable de información. ¿Cómo resolver ese problema?
Nunca abandoné totalmente la ciencia y siempre estuve en contacto con antiguos colegas. Meses después, en una carta de mi amiga Rosalind Franklin, bióloga inglesa, especialista en estructuras del ADN y virus, percibí una solución.
El sistema inmunológico está constantemente alerta de agentes dañinos en nuestro organismo, un ejemplo de perfecta comunicación. Hay ciertos virus que pasan desapercibidos por nuestro sistema inmunológico porque transmiten señales falsas, engañan, sobreviven y se multiplican. Rosalind investigaba un tipo de virus con un comportamiento extraño. Evadía el sistema inmunológico y se multiplicaba rápidamente. La ciencia no tenía explicación para ese comportamiento. Ella no daba crédito, pero sólo había una teoría que lo explicara: el virus entraba en la célula como ARN (ácido ribonucleico, necesario para la vida de la célula) pero en un momento dado cambiada su información genética de ARN a ADN con lo que infectaba, se alimentaba de la célula y salía nuevamente como ARN. Una belleza de la naturaleza que sería caótica en la vida humana.
Volví al experimento. Entonces no tendría que encontrar ruido o interferencia en la comunicación con Dios, tampoco buscar lenguajes que no entendiera, y no esperanzarme a la solución de la teoría de colas de comunicación. Si Dios había implantado un procesador que constantemente le indicara cuales fueran nuestros pensamientos, mientras el ser humano estuviera en meditación con Dios no se detectaría pensamiento alguno. Cómo engañar como el virus para entrar en comunicación con Dios y llevar un doble propósito. Eso requeriría una especie de doble pensamiento. Algo de lo que no estamos provistos los seres humanos. No dormí por noches y cansado de pensar llegué a la conclusión que realmente no serían dos líneas de pensamiento sino nada más fingir uno que engañara al sistema de lectura de los pensamientos de Dios. Nuevamente el experimento quedó sin avances por dos años.
Viaje a Praga en 1938 donde conocí al campeón mundial de ajedrez, Alexander Alekhine. Desde sus comienzos había seguido sus pasos y tenía una irresistible admiración por su genio. Disfrutaba de su furioso estilo de ataque, con sus repentinos y brillantes sacrificios. Otras de las mentes más prodigiosas del siglo. Había sido una tarde lluviosa y tenía esperanzas de encontrarlo. Meses atrás me había asegurado de reservar una habitación en el mismo hotel que el ajedrecista. Tuve suerte, esa noche después del torneo inaugural lo encontré en el bar, sensiblemente alcoholizado. Alekhine era un tipo reservado y osco pero pronto encontramos puntos en común. Inmediatamente sentí placer en su conversación; el nivel de su argumento era muy superior al promedio. Sus pensamientos, como sus juegos, eran muy agudos y sorprendentes. Gané su confianza y esperé el momento para preguntarle como podía calcular esos sacrificios devastadores sin la ayuda de ningún procesamiento de datos. Sus ojos acuosos fueron nuevamente a la bebida. Calló, recorrió lentamente el bar con la mirada. Finalmente, como si le costara mucho trabajo, me confesó su secreto. Me dijo cómo a través de muchos años había desarrollado un método a través del cual había subido partidas magistrales a un nivel subconsciente de su mente donde los cálculos son automáticos e impresionantes. Me platicó que había crecido en un ambiente ajedrecístico de mucha competitividad donde ser el mejor era la única salida para ascender y ser reconocido. Constantemente se preguntaba cómo podía superar a sus compañeros donde cada uno estaba más allá del grado de excelencia y donde cada quien empleaba hasta el último minuto en ser el mejor. El problema ya no era tiempo porque todos estudiaban en sus horas libres, era cuestión de supervivencia. Además, la mayoría tenían un nivel de aprendizaje semejante, y quienes no, lo suplían con una memoria impresionante o procesos de creatividad sorprendentes. Él era de los que aprendían rápido. Un día, viendo un partido de fútbol donde el entrenador había hecho que sus jugadores practicaran con una pelota llena de agua con la idea de que el peso extra hiciera que el jugador tuviera mayor resistencia en un juego real, él se preguntó cómo podría ejercitarse con una pelota llena de agua en el ajedrez. La respuesta le llegó inesperada cuando a punto de empatar una partida que le requería toda su concentración, se preguntó si podría jugar y al mismo tiempo estar pensando en algo distinto. Si podía resolver la partida y estar pensando en algo diferente, entonces cuando estuviera frente a una operación semejante totalmente concentrado tendría mayor agilidad mental. Primero comenzó repitiendo mentalmente partidas clásicas y simples mientras jugaba. El principio fue catastrófico porque no podía ni pensar en la partida mental, ni ganar el juego, pero después de práctica fue capaz de repetir mentalmente partidas enteras y al mismo tiempo estar concentrado en un torneo. Progresivamente las partidas mentales sencillas cambiaron a partidas geniales y complicadas. Había llegado al punto que podía resolver cálculos ajedrecísticos complicados cuando su mente dejaba los ejercicios mentales y se enfocaba plenamente en un problema. Después de haber escuchado la confesión, lo veía claro. Si lo que Alekhine hacía no era un doble pensamiento, entonces no tendría nombre. Eso era lo que necesitaba, usar un doble pensamiento como el suyo: subir al nivel subconsciente un pensamiento repetitivo mientras que la mente pensaba en otro problema.
IV
Cuando analicé y comprendí toda esta información, entonces inicié el experimento. Sabía que no tenía que pensar porque si pensaba sería descubierto por Dios y sería imposible descubrirlo porque modificaría su creación de acuerdo a mis pensamientos. El asunto era el doble pensamiento. Tendría que engañarlo como el virus dándole la falsa información del pensamiento subconsciente mientras utilizaba mi pensamiento normal en el plan. Hasta este momento él sabía todos mis pensamientos y podía prevenirse por lo que inmediatamente me inicié en la práctica de rezos y mantras fervientemente. Mis amigos se apartaron y la gente me comenzó a llamar loco porque tenía que retener mis pensamientos, de cómo descubrir a Dios, en el momento en que comenzaban a surgir. ¿Ha intentado alguna vez detener un pensamiento? Los pensamientos llegan sin aviso y la velocidad de un impulso eléctrico es de 362 kilómetros por hora. Parece imposible detener una idea. Sin embargo, los pensamientos son producto de conexiones entre los axones de las neuronas. Un estímulo puede provocar un nuevo pensamiento por asociación. Por lo tanto, para parar la creación de un pensamiento sobre mi descubrimiento a Dios tenía que detener las conexiones neuronales, enfriándolas o desviándolas. Cada quién tiene diversas formas, lo que a mi me funcionaba era cantar en voz alta y rememorar episodios impactantes en mi vida. Cuando mis alumnos me encontraban cantando a todo pulmón en medio de una clase no tardaron en empezar las especulaciones. Llevar mis rezos al plano subconsciente fue más fácil de lo que supuse. La fe no puede ser fingida, así que intenté tener fe y recé miles de horas. Llegué a un punto en que podía impartir una clase de programación dinámica avanzada mientras rezaba dos rosarios católicos y una mala india. Sólo cuando llegué a este punto avancé. Dios estaría recibiendo el mensaje de fe alojado en mi subconsciente mientras yo elaboraba el plan.
Buscaba el momento preciso, repasé la historia. El periodo de posguerra de 1925 fue desconsolador y lo entendí como un momento de receso para Dios. Entre más actividades hicieran los humanos mayores serían las acciones de Dios para construir el mundo día con día. Me mudé a la patagonia chilena y me establecí en Punta Arenas. Era una población rural pequeña de apenas 40,000 habitantes y aunque se vivía bien no gozaba de los avances industriales mínimos de las grandes urbes. Era el lugar indicado para concluir el experimento. Únicamente esperaba un moviendo social violento que permitiera engañar a Dios más fácilmente. Entonces llegó el terror de la segunda guerra mundial; Dios debería estar muy ocupado y desconsolado por la desobediencia de sus hijos.
Esperé un año más para ejecutar el experimento. Trabajé mucho en ser una persona lo más predecible. Durante ese tiempo no cambié de casa, de auto, de empleo, salía y regresaba a las mismas horas del trabajo y todo el tiempo lo dedicaba a rezar sin salir de las iglesias tratando de hacer invisible mis pensamientos a Dios. Si todos fuéramos predecibles y maniáticos del control, el trabajo de Dios sería aburrido, pero el ser humano es lo contrario: impredecible, por eso Dios tiene que estar leyendo los pensamientos constantemente para construir las situaciones que el mundo requiere. Y en la guerra hay muchos pensamientos.
V
Estoy rezando veinticuatro horas diarias y todo el día tengo el radio encendido. Son días difíciles para la humanidad. Estoy seguro que Dios no se preocupa por mí en lo más mínimo: soy altamente devoto y creyente, pero todo este tiempo he utilizado el doble pensamiento, sé que en el momento que lo deje Dios podrá leer mi mente y echar por tierra el experimento de toda mi vida. Estoy protegido; he alcanzado un punto en que puedo realizar todas mis actividades y estar rezando concentradamente. Hace dos semanas estuve a punto de ejecutar el plan cuando los Alemanes, en el ataque a Francia, se apoderaron del rió Mosa y los ingleses sufrieron la mayor pérdida aérea de la historia. Son malas noticias, son días negros, la gente del pueblo no ríe. Estoy esperado el momento preciso. Ayer el Comandante en jefe aliado, Gamelin, renunció y el general aleman Edwin Rommel llega al Canal de la Mancha y completa el cerco al bando aliando. Hoy es el día. Hay gran conmoción en el mundo: Dios debe estar sumamente ocupado. Además, sólo como precaución extra, es domingo. Dios descansa en el séptimo día. Hoy está descansando. Tomo el auto; son las seis de la tarde. Cómo cada domingo me dirijo a la iglesia de San Antonio a las afueras de la ciudad. Desde hace una semana estoy utilizando una meditación aún más profunda. No debo despertar la mínima sospecha. Tomo la calle El Pescador, a dos calles está la iglesia, la radio anuncia la intención de las tropas anglo-francesas de romper el cerco alemán, redoblo mis esfuerzos, se piensa que los militares aliados están siendo evacuando a gran escala por el Canal de la Mancha. Rezo con más devoción. ¡Es el momento! Cuando estoy a punto de detenerme en la iglesia presiono el acelerador al fondo. Las llantas chirrían. Mi fe es ciega y mis rezos concentrados, estoy seguro que Dios no me ha visto. Salgo del pueblo. La culminación del experimento es sencilla. Si Dios está recibiendo mis mensajes de fe y no ha interpretado mis pensamientos dobles y sabe que soy un tipo totalmente predecible, en momentos tan turbulentos como estos, con cualquier actividad diferente que haga se caerá el telón y podré descubrirlo: su creación hiperdinámica fracasará. Presiono mis rezos y en mi pie el acelerador. Dios no tiene preparado por mi nada de esto. Hasta este momento todo existe porque hay otras personas que lo necesitan en su propia existencia, pero al punto al que me dirijo no hay personas, casas, nada. Es un punto inhabitado, casi inaccesible. Pronto encontraré señales de in-construcción. Un lugar donde no esté la mano de Dios presente. Me alegro, comienza a aparecer una niebla que cada vez es más espesa. La velocidad disminuye. La niebla es tan espesa ahora que no puedo ver mis manos auque las tengo enfrente. El carro pierde potencia completamente. Me bajo, pero tengo la impresión que el auto ya no es corpóreo, parece que se ha desvanecido. Si mi teoría es correcta estoy entrando en la línea de lo real-inexistente. Enciendo un cerillo pero no emite luz, no hay combustión, dentro de poco no hay cerillo. Cada vez más, siento mi cuerpo volátil. Todo es blanco. No sé que pasará si continúo, si llego a cruzar la línea definitiva de la creación. Me parece que dejaré de existir, pero no quiero dejar de existir, únicamente quiero descubrirlo. Ya no me puede detener; la curiosidad crece. Sigo caminando o eso pienso porque ya no hay camino, ni cielo. Todo es blanco, huele a nardos. Pierdo la orientación: no sé si estoy parado o acostado. No siento mi cuerpo, no lo veo. De repente hay un gran sonido que me absorbe y me siento caer. Ya entré a la línea. Conforme voy cayendo siento un poder infinito, sin límites. Siento que mi mente tiene todas las respuestas. Sé que estoy en un lugar-tiempo de posibilidades ilimitadas. Deseo ver mis manos y estas aparecen de donde no existía nada. Deseo ver el resto de mi cuerpo. Mi pensamiento se agiganta y puedo pensar en mil cosas al mismo tiempo. Siento que todo puede suceder. Siento que puedo estar en todas partes. Tengo infinitos deseos de crear. Mis dedos vuelven a tener el cerillo, deseo que se encienda y aparece la flama. Deseo ver el futuro y veo paz y guerras, aviones mortales, bombas destructivas, veo el final del mundo, veo muchos finales, muchos mundos. Deseo ver el pasado y veo el mío, el de mis padres, el de esta galaxia, el de otras. Esto no esta considerado dentro de mi teoría; aparentemente la línea de la construcción se modela con el pensamiento que siempre obedece a Dios, pero ahora soy yo el que está aquí. Deseo una memoria sólo mía. Dentro de la memoria deseo un lenguaje propio que Dios no comprenda, deseo entender el universo. Entonces, poco a poco crece mi deseo de ver a Dios y en el acto presiento una fuerza mucho más poderosa. Es ahí cuando detengo finalmente el rezo. Deseo verlo de inmediato. Ya no tengo el control. La fuerza se acerca lenta, la tengo frente a mí. Es aterradora, infinita, quiero irme. Deseo no haberlo deseado. Mi cuerpo se desvanece junto con mi lucidez, muy rápido. Únicamente tengo un pensamiento y pienso que me río. Te encontré, me río. Lo pienso con todas mis fuerzas. Se aleja la niebla, dejo de caer, pierdo la ubicuidad. El mundo se reconstruye a mi lado. Te encontré. Pero la fuerza es cada vez más fuerte. A pesar que empiezo a ver colores, árboles, la vida, siento entrar en un sueño muy pesando. ¡Te encontré!: retumba la frase en mi mente. Siento un fuerte golpe en la cabeza
VI
Sigo vivo. Los doctores estuvieron a tiempo de restablecer mis signos vitales. Estuve atrapado en las raíces de un árbol en el caudal de un río por causa del accidente automovilístico que supuestamente sufrí. Estuve inconsciente tres días. Ya no estoy en la patagonia; estoy en un hospital siquiátrico en Santiago. Eso dicen ellos y mis registros médicos.
Dios no me pudo quitar mi memoria, pero nadie creerá lo que publique si alguna vez salgo de aquí. Soy un loco; me tienen aislado. Puedo estar loco. Puede ser que esté loco por no haber deseado ser Dios. Pero no lo estoy. Era teóricamente imposible. Dentro de la fuerza de Dios no podría haber deseado ser Dios a menos que esa fuerza de construcción divina perteneciera a una misma creación omnipoderosa de la cual Dios se alimentará. Él me ha bloqueado mis pensamientos, pero hay algo que no puede quitarme: mi lenguaje, el que cree para mí. El lenguaje maldito que no puede entender, porque lo construí yo.
Puede ser que esté loco para muchos, puede ser que sea una burla para Dios, pero no es así para los habitantes de mis mundos quienes sí entienden mi lenguaje. sdlkfg sñdfgkj wñerj twoetgwjpi sfg s.dfsdf gjk(/&& Ijh oeurhhh 8yyT$ 4ghiwu h0/&%6we8ghwit. wertjm079yn7&RG&e768WE0TUW WYH967TB8/R&r5b8wxce9w28t 87gy9nG/G 7gdvnsdt4y73678vrjsvbnsogw 5tg07. 20/08/2007ty2ntvvyt rtgwiegj0w42 6t 7r w w08y30478y49yn4ct hetgn5t3yt48tyu 307t07:41 20/08/2007ty4 ughwewhowrhweruiy30tcwe tog w.
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10.30.2007
Dulces para la web
Locos de Reforma
Tarde fría de domingo. El sol se desvanece sobre Reforma. El castillo resplandece, lejano. El loco está enfrente. Hace media hora que espero. Ha pasado mucha gente, nadie se queda, sólo el loco se detuvo cerca. Enterrado en sus chamarras negras de mugre, la mano en la barbilla, mirando como se aleja la tarde sobre Reforma, el loco medita.
Mensaje enviado 18:24. “Dónde estás? Hay una música y unos aztecas danzando. Desnudos. Un día hay que caminar sobre Reforma a esta hora, se ve muy agradable (no lo digo por los aztecas).”
El loco ahora mira a los que protestan desnudos enfrente. Fija la vista. Se de tiene, desafía el frío, da un brinco, otro.
Mensaje enviado 18:39. “Sabes. Y aquí hay un loco que ya se contagió. Quiere bailar”.
Me aprieto en mi abrigo. Los aztecas se van. Sigo esperando.
Las tardes de domingo me gustan. Me gusta ver la ciudad vacía. Me gusta caminarla. Las manos de la tarde se despiden. Atrás, letras neón aparecen, rojas, seductoras. Brota fuerte una música tropical.
Lo veo. Él oye la música, se concentra, cierra los ojos; el loco suspira. Enfrente el Sensority Vips abre sus puertas. La falda roja en la entrada lo mira. Repasa las letras rojas, la minifalda. El loco suspira de nuevo. Suspiramos.
Chico Banda
Veía la tarde atrás de sus hombros. Tranquilo el sol se desvanecía. El viento levantaba los cabellos de la mujer. El chico no decía nada. Esperábamos.
Lo vi desde que se desprendió de ella. Cuando subí las escaleras ya me esperaba. Dude, pero no retrocedí. No dijo nada, me detuve, metió mano a su bolsa de mezclilla sucia. Dentro de la bolsa se escuchó el funcionamiento de un mecanismo y un sonido frío metálico. No dije nada.
Había un brillo en sus ojos que no reconocí en un principio. “Dame todo el dinero”, dijo casi en silencio. Al principio, de la mujer del chico banda únicamente podía ver el humo del cigarrillo. Metí mano a la cartera, entonces ella volteó: desde ahí pude ver que era hermosa. Me detuve. Me quedé viendo la tarde, sintiendo el viento en la cara, hurgando en los ojos de esa mujer de cabellos largos que parecían se iban con el viento. Sus ojos también brillaban. Ahí supe: era el brillo de los enamorados.
—¿La quieres? —le pregunté en un susurro.
El chico banda sacó el metal de la bolsa. Yo apresuré la cartera. Sacó unos billetes. No dijo nada. Regresó a verla. Yo veía la tarde, a los enamorados.
—La amo —me entregó mi cartera.
Sólo regresé a verlos una vez cuando ya iba lejos. Los dos en el puente. La acariciaba el chico, lo besaba ella, los abrazaba las tarde.
La musa de la fuente
Lo que mi madre no me explicó fue que ella se regresaba. Cuando me di cuenta de esto, ya era tarde. La maestra me llevaba de la mano al que sería mi salón. Yo la regresé a ver de lejos una vez, mi madre no volteó. El llanto lo atoré en la garganta y me lo tragué. En la entrada había una muralla de llorones empedernidos.
Sí había juegos y muchos niños como había dicho ella, pero nunca me había dejado solo con desconocidos.
La mañana del tercer día se levantó tarde. Desde mi salón de ese jardín de niños inmenso se escuchaba el reventar de las olas a lo lejos. Acapulco olía a mar y la brisa entraba por las enormes ventanas. La maestra me regañó. Fue mi primer regaño de un desconocido. Ella estaba repartiendo plastilina de colores y yo la iba coleccionado en mis bolsillos. Se dio cuenta y me exhibió frente al grupo. Quise escapar; olvidé la tristeza, la plastilina y le pedí permiso para ir al baño.
Sabía que la escuela era grande porque en la clase de destrezas habíamos salido al patio trasero y me pareció del tamaño del Parque Papagayo donde mi mamá me había llevado varias veces para darle de comer a los patos. No fui al baño y mi intención de escaparme desapareció en cuanto comencé a deambular por los patios de mi nueva escuela. Vagar y explorar era más divertido que estar metido en ese salón con esa mujer malvada.
Mientras varios niños desertaron, yo entendí claramente, en ese tercer día, que mi vida la consagraría a la escuela. Soy el cuarto hijo de la familia y cuando mi madre cuenta todo el trabajo que le costó acostumbrar a mis hermanos al jardín, de mí únicamente dice que fui el más obediente. Nunca me ha preguntado el porqué.
Cuando finalmente me cansé de caminar y esconderme y quise regresar, entonces la vi. Era un pequeño jardín con fuente en medio. Había salones alrededor. No había nadie salvo ella, veía la fuente pensativa. Era la niña más bonita que mis ojos costeños jamás habían visto. Como si su belleza fuera un encanto no pude apartar la vista de ella. Sus rizos canelos, sus ojos grandes, su cara, sus zapatitos. Tuve deseos de estar ahí contemplándola para siempre y quise verla de cerca; no pude. La horrible mano de mi maestra había aparecido como un chaneque y con fuerza me llevaba lejos de la fuente y de la niña bella, como si para ella la bella no existiera. ¿La perdería para siempre? Fue un momento muy breve cuando ella volteó, pero suficiente para que nuestras miradas se enlazaran. Me enamore. Nunca supe su nombre, ni el sonido de sus palabras, pero de vez en cuando burlaba la vigilancia de mi maestra para visitar el jardín con la fuente con la esperanza de encontrar sus ojos de miel nuevamente.
Lucía y el Matador
—¡Pártele la madre Matador! —gritaba la niña a mi costado. Su cabeza estaba enfundada en una mascara blanca.
Una niña de diez años. Sus ojos todavía reflejaban inocencia, y en ese momento emoción. Al lado de ella una banda de amigas la coreaban.
—¡Sí, pártele la madre!
El Matador tritura los músculos de su oponente. Patadas voladoras, lo gira en el aire y lo recibe con una quebradora; el tipo se retuerce de dolor, como puede sale del ring. El Matador lo observa, toma impulso contra las cuerdas, lo termina con un mortal desde la tercera, impecable. La arena entera revienta en ovaciones. El Matador vuelve al ring, levanta sus brazos y vibran sus tríceps frente a todos. La gente enloquece, “¡Ma-ta-dor!, ¡Ma-ta-dor!”. La banda técnica truena. De la boca de la niña a mi lado brota nueva euforia. La regreso a ver y detiene su emoción por un momento.
El júbilo dura poco, la arena se silencia. El Perro se ha recuperado, sorprende al héroe. Acciona sus poderosas piernas en el cuello del Matador que sale despedido a estrellarse contra la primera fila. Le revienta una silla en la cabeza. El público abuchea. “¡Pinche tramposo!”, brota de la máscara de la niña, quien se agita, brinca en su asiento. El Matador flaquea, esquiva, defiende. Mal cálculo y El Perro es estrellado contra el acero del poste. El Matador no le da tregua, es suyo. Nueva esperanza en los ojos de la gente, dejan sus asientos, cantan.
—“¡Pártele la madre!” —revienta la niña nuevamente.
No soporto. La regreso a ver. Me miran sus ojos eufóricos, llorosos de alegría, le vibra el pecho, da saltitos. Es un volcán que he detenido, espera.
—No más disparates, Lucía, o nos vamos a la casa.
Más saltitos, alza sus brazos, me da un beso en la frente con esa máscara que no soporto y que ella no se quita ni para dormir. “¡Má-ta-lo!”, “¡Má-ta-lo!”. Truena nuevamente la arena. En el ring el Matador arranca la máscara enemiga, la destruye con odio.
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8.30.2007
Don Adrián Terrazas
Tres balazos le anunciaron que los novios estaban llegando. Gilberto volteó como saeta. En la puerta había aparecido una algarabía y en medio su tío Norberto ataviado hasta el cuello. Llevaba de la mano un vestido largo y blanco, adentro una señorita despedía sonrisas. La gente aplaudía: parecía que el pueblo entero se había dado cita para aquel acontecimiento. Escuchó entonces que de las gigantes bocinas brotaban chorros de palabras. Y desde entonces aquella música no paró nunca hasta que pasó la desgracia.
Todo el tiempo personas iban a su mesa.
—Don Adrián, que bueno tenerlo con nosotros. Pensábamos que usted no andaba por acá. Doña Conchita, qué joven. Y este niño cómo ha crecido —todo mundo saludaba a su papá. Iban especialmente hasta donde ellos estaban. A un lado, el pastel que ellos habían regalado se elevaba; Gilberto lo veía emo-cionado.
—Gilberto, ve saluda a tu tío. Dile que venga —se notaba que su mamá quería ver a su hermano.
Y el niño fue y tironeó del saco a su tío.
-Hasta que se te hizo, Norberto —dijo don Adrián dándole un abrazo.
—Pues todavía no quería la ingrata, pero me la tuve que convencer, tío —dijo el joven, y las risas fueron generales.
—No dejes que se te ponga pesado, hija. Y si un día se te sale del guacal, nada más dime: yo sé como encarrilarlo de nuevo, ja ja ja —su mamá abrazó a la novia y mirando a Norberto le dijo—: Tú siempre saliéndote con la tuya, Norberto. Pero ya las pagarás todas, condenadote. Dios quiera y no —y doña Concha también abrazó al novio.
Gilberto no tardó mucho en ver parejitas que se formaban y algunas, prontas, desinhibidas, con gracia, se adelantaban a la pista. Poco a poco el centro de tierra suelta que servía de pista se llenó de gente. Hubo un rato en que sus papás también se habían parado. "Báilela, don Adrián", le gritaba la gente a su papá. Y doña Conchita: “ve siéntate, Gilberto. Ahorita regresamos. Siéntate.” Pero Gilberto ahí seguía colgado de la falda de su madre, de esa falda larga en la que se podía arropar sin ningún problema: nadie lo veía dentro de tanta flor estampada.
Su papá había ido a bailar la calabaza. Llegó un momento en que el baile se detuvo y primero una gran fila de mujeres apareció y asustaron por un rato a la novia, pero después vinieron los hombres y a las mujeres se le escapaban Avemarías por lo toscos que eran. Cuando la fila de hombres tumbó al novio en sus arremetidas, primero lo medio desnudaron y después entre varias manos lo aventaron repetidas veces para arriba. Gilberto se moría de la risa al ver aquello. Después, una vez magullados, pasaron los novios por cada mesa con billetitos de todos los colores prendidos en sus ropas. Su papá le puso uno en la solapa, era el más azul de todos. Gilberto veía con preocupación al novio, preguntándose si no se había hecho daño. Al poquito rato, Gilberto vio a un hombre vestido de negro parado en la puerta. Camisa, pantalón, botas, sombrero: todo era negro salvo el paliacate rojo al cuello. A su lado y con tacones muy elevados un vestido rojo lo acompañaba.
—Adrián —exigió su mamá— mira quién llegó —señaló la puerta con los ojos.
—Ya lo había visto, mujer —su papá le dio un trago a la cerveza fría y la dejó a la mitad—. Pero quita esa cara: parece que hubieras visto al diablo. Y de eso ese no tiene nada, ja ja ja.
—¿Cómo lo invitaron, Adrián? O es que vino así porque sí. Es un cínico.
—Eso no importa, Concha. Mira a tu hijo que se está vaciando la barbacoa encima.
Su mamá le quitó el plato y le limpió la boca, pero Gilberto seguía viendo aquel sujeto que ahora saludaba de mesa en mesa. El vestido rojo que lo acompañaba rojo tenía también los labios.
—Y trae a la prostituta esa que ahora es su mujer: Claudia Blanco. Yo creo que mejor nos vamos. Esto no ha de terminar bien. ¡Adrián!, hazme caso.
—De aquí nadie se va, Concha. Y cálmate que no va a pasar nada —su papá con sonrisa ancha brindaba con otros que también alzaban su copa, allá en otras mesas.
—¿Cómo dices eso? ¡La última vez casi sucede una desgracia!
—Estaba borracho, Concha, era diferente. Además, no vas a dejar la fiesta de tu hermano sólo por tus sustos. Y no se diga más —en el micrófono una voz chillona invitaba a todos los parientes a bailar con los recién casados—. Ya oíste, a bailar.
—Se razonable, Adrián…
Pero su mamá no terminó porque no se lo permitieron. Después cuando vino su turno, se pararon a bailar. El niño siempre en las enaguas de la madre. Bailaron largo rato, les decían cosas al oído a los recién casados, los apapachaban, palmaditas en la espalda, un beso.
—¡Adrián Terrazas!
La voz fue fría, su papá se detuvo en seco y su mamá palideció como una luna. Ahí, a un lado de ellos, en una mesa contigua, Gilberto vio al sujeto de negro de pie y con el sombrero de lado.
—Señor Terrazas —continuó. Sus ojos se hicieron más pequeños—, es un placer verlo de nuevo. Espero que no haya rencores por el atrevimiento de la última vez. Como ya lo dije en su momento: es algo de lo que estoy seriamente arrepentido.
—No hay nada de que preocuparse, Becerra. Nosotros somos amigos, y lo que pasó pasado está.
Sus cadenas y anillos eran los más gruesos y dorados que Gilberto había visto. El sujeto era pálido y alto, su sonrisa cambiaba entre lo franco y lo astuto, y sus botas estaban tan relucientes como las cachas de la pistola de su papá.
—Siendo así, no les molestará que me siente al lado de ustedes. Y además, cerquita de los novios para verlos mejor, Terrazas, ja ja ja —hasta en sus dientes había resplandores brillantes.
—Cada quien se sienta donde quiere, Becerra, que estamos en una boda, y por mi no hay ningún problema.
Gilberto sintió algo extraño: varios ojos de las mesas vecinas los perseguían interrogantes, la gente hablaba, se decían cosas al oído, las mujeres caían en asombro, los hombres asentían. Una mano gruesa se apoyó en el hombro de Gilberto.
—¿Todo está bien aquí, don Adrián? —su tío había llegado como lluvia fría—. Señor Becerra, tome asiento por favor. Señorita.
Y se quedaron en la mesa de a lado. Que trajeran cervezas y un tequila, gritó. “¿Ustedes están bien, tíos?”, y ante una afirmación de sus padres su tío se volvió a perder en la fiesta.
Pero desde ese momento su mamá estuvo intranquila, casi no habló y sus ojos llameantes persiguieron a su esposo en cada momento. La fiesta continuó, las de banda se siguieron escuchando resonantes y las botellas en la mesa de Gilberto se sucedieron rápidamente. Que ya no tomara, le rogaba su mamá. Pero su padre como si el licor fuera aire, desvanecía las botellas sin esfuerzos.
Como a la media noche y a pesar que le gustaban las fiestas, Gilberto casi se dormía.
—Adrián, ya vámonos. Ya estás tomado. Vamos a dejar el niño. Acompáñame -pero su papá que no la oía seguía platicando con gente que se había acercado a su mesa.
—Vámonos, Adrián —le rogaba.
“Ya váyase, compadre”, le decían insistentemente algunos; “a descansar, don Adrián”, otros. Pero él se negaba, que no, que se fuera ella. Que él se quedaba otro rato.
—Váyase, señora, que aquí Adrián se queda conmigo, con amigos —todos voltearon a la mesa vecina.
Gilberto vio que el tipo de negro tenía los ojos desorbitados, rojos. También en su mesa había muchas botellas vacías. Miró que su mamá se ponía rígida al igual que los acompañantes de la mesa.
—Así es. Además con estas guardianas nada nos puede pasar —y su papá sacó el revólver. Lo acarició como si fuera un cachorrito.
Todos se quedaron quietos.
—Adrián, guarda eso. Vámonos —se paró su madre.
—No se asuste, Concepción. Que aquí no pasa nada —el tipo había sacado también su pistola y la enseñaba con deleite. Gilberto vio que los ojos le centellearon y una sensación de frío lo invadió. Comenzó a llorar.
—Compadre, su niño ya se quiere ir, por qué mejor no va a dejarlo y luego regresa —dijo una voz nerviosa.
—Ah, qué compadre. Tan asustadizo como siempre —su papá respondió—. No hay que tenerle miedo a las fulanas estas. Si para defenderse son, ¡no es así, Becerra!
Que sí, dijo el otro subiéndole el tiro a la escuadra. Por un momento el lugar quedó en silencio, su papá rió y guardó el revólver. Entonces siguieron brindando y las botellas pasando pero ellos no se fueron. Los novios habían pasado varias veces, contentos. Que por qué estaba tan seria, doña Conchita. Que no pusiera esa cara, que les diera gusto: era su boda.
—Norberto, ayúdame a llevarme a Adrián. Ya sabes cómo se pone borracho.
Y él, “ahorita”. No fue pronto, pero al fin con trabajos y convencimientos de un brazo levantó a don Adrián.
—Me llevan, muchachos, que conste. No me voy, me llevan, ja ja ja —su papá se despedía.
No llevaban mucho cuando escucharon la misma voz fría.
—¡El que perdona pierde! —risas.
Todo fue tan rápido, su papá dio media vuelta pistola en mano.
—¡Cómo! —gritó fuerte.
Pero otro cañón ya lo esperaba, y sin ningún aviso, seis balas atravesaron el cuerpo de su padre. Ahí, a su lado cayó tendido, lleno de sangre, sin vida. Gritos, llantos, ruegos y más tiros. Entre tanta confu-sión y oscuridad, el tipo de negro se desvaneció en la nada, desapareció. Buscaron, buscaron por todas partes, buscaron lejos, siguieron buscando después que se llevaron el cuerpo agujereado de su padre, mucho después que lo enterraron en esa tierra seca, después que su madre lloró noche tras noche, siguió buscando tanto, siempre.
